◘ Heather O’Connor
Me despierta el ruido de fuera. La sirena
de la policía. Tal vez haya habido un accidente. Me envuelvo en la manta
y me levanto. Me acerco a la ventana. No me equivocaba, es la policía.
Pero no es lo único. También hay una ambulancia. Es posible que sí haya
sido un accidente… Hasta que veo al que está herido. Agudizo la vista y
me fijo en la bala que le ha atravesado el pecho. Oigo que se cierra una
puerta. Intento abrir la del cuarto de Jason pero está cerrada. Como
siempre.
Empiezo a aporrearla, pero no me abren. Abro lo ojos, de sorpresa. Oigo
pasos cerca, así que es imposible que no me hayan oído. Estoy enfadada.
Pero aun así, no insisto. Pueden volver a hacerme lo que hicieron
anoche. O peor, lo que le han hecho a ese hombre. Pero por lo que
dijeron esos hombre el otro día, parece que me necesitan viva. Al menos,
de momento.
Al otro lado de la puerta, le dan un par de golpes y dicen que me vista,
y que después llamarán a mi padre. Se repente, me pongo muy nerviosa.
Quién sabe, puede que aún mi padre no se haya dado cuenta de que no
estaba en casa. Puede que piense que me he ido porque estoy enfadada por
lo de él con Tracy. Y lo estaba, pero ya no. Han pasado muchas cosas en
los últimos días, y me he dado cuenta de que no tendría que dejar que
la muerte de mi madre dictara mi vida, o todo lo que va a pasar en ella.
Porque siempre he pensado que terminaría como ella terminó.
Abro la maleta que me trajo Jason. Fue la que le dieron esos hombres
antes de marcharse. La ropa es bastante… pequeña y ceñida. Cojo una
camiseta y la estiro todo lo que puedo para dejarla más ancha. Me la
pongo. En fin, al menos me deja respirar. Y unos pantalones tan cortos
que parecen bragas. Es insultante que pretendan que me ponga esto. Y es
también horrible que haya mujeres que tengan que ganarse la vida de una
forma tan… y para ello, utilicen esta ropa.
Aún así, es noviembre, y hace frío, así que cojo una manta, me la echo
por encima de los hombros. Me levanto y voy al baño. Me subo un poco la
camiseta, y la realidad me golpea. Tengo la espalda llena de arañazos y
también la barriga. Miro mis piernas, que tampoco se libran. Estoy
asustada. Me dan más miedo que nunca.
Primero, porque uno de ellos intentó violarme. Segundo, porque me dejó
marcas. Y tercero, porque he visto cómo han dejado a ese hombre. Delante
de mis narices. Como si hubiera sido adrede para asustarme. Pues
enhorabuena, lo han conseguido.
Una lágrima surca mi mejilla.
¿Me merezco todo esto? ¿Hay alguna razón por la cual todo me esté
pasando a mí? La muerte de mi madre, el secuestro, la casi violación… Yo
no puedo más.
—Vas a hablar con tu padre —masculla Jason.— Deprisa.
Salgo corriendo. Vuelve a tener ese tono agresivo y esa mirada fría que
parece gritarme que no me soporta. Ya, pues mira por dónde, el
sentimiento es recíproco. No tocaría a ese chico por nada del mundo.
Obviamente, estaba asustada y me sentía desprotegida tras lo sucedido
con Drake, y él vino y me salvó… y yo estaba llorando. No creo que
hiciera nada malo. No, corrijo, no hice nada fuera de lo normal. Así que
me obligo a decirle:
—Perdona por haberte abrazado anoche. Fue un… impulso, nada más.
Se da la vuelta, y su mirada me recuerda a la de Drake. Pero no al Drake
que me pidió disculpas, sino a ese que me forzó, o intentó forzarme, a
las tres de la mañana y me ha dejado marcas de ello. Doy paso hacia
atrás, pero él se acerca, con la furia en sus ojos color miel. Hasta que
llego a un punto en el que no puedo retroceder más, me topo con la
pared.
Nos quedamos tan cerca que puedo sentir su respiración entrecortada.
—Escucha, me parece estupendo todo lo que dices, pero no quiero tener
nada que ver contigo. No tienes ni idea de lo que pasa a tu alrededor,
porque vives en una burbuja que te aísla de todo, y tú controlas. En
cambio, Drake y yo somos unas marionetas controladas por esos dos
hombres que viste. ¿Sabes? Ya está bien. Lo de anoche puedo entenderlo, y
me estoy asegurando también de que no se repita. A partir de ahora
estarás encerrada en mi cuarto, y te llevaremos la comida. Piensa que
solo es un mes.
Parpadeo, asimilando todo esto que me está diciendo.
—Después de esto, no volveremos a vernos.
Por alguna razón que desconozco, esas palabras me atraviesan.
Y duele.
Joder si duele.
♣ • ♣
Marco el número de mi padre y le paso el teléfono a Jason. Tiene uno de esos aparatos que distorsionan la voz a su lado.
—¿Quién es? —responden al otro lado del teléfono. Sé que es mi padre. Me
sorprende lo rápido que lo ha cogido y la evidente agitación en su voz.
—Tenemos a su hija —responde Jason. Aunque no estoy segura, creo que le tiembla un poco la voz.
—¡¿Quién eres?! ¡¿Está Heather bien?!
—Compruébelo por sí mismo.
Me pasa el teléfono. Sé que tengo que hablar lo justo porque Drake tiene
una pistola en mi sien. Me recuerda a Jason el día que me secuestró.
—¡Papá! —grito. No me importa que mis mejillas estén empapadas. Ahora importa mi padre.
—¡Heahter, cariño! Estaba preocupadísimo por ti…
—Y yo por ti, papá. Pero no te preocupes por mí, estoy bien.
—Temía que estuvieras como tu madre…
Trago saliva. Un intenso dolor me sube por la garganta y me impide hablar.
—Ya ves que no.
Me arranca el teléfono.
—Ya ve. Tenemos a su queridísima hija. Si llama a la policía, será
porque es consciente de que habrán terribles consecuencias. Seguiremos
en contacto.
No oigo a mi padre responder, porque Jason ya ha colgado.
Me coloco la manta de nuevo y entro en su habitación. Es lo que él quería, ¿no es así?
Me entra el pánico.
Como él dice, después no volveremos a vernos. Bueno, sí, cuando salga de aquí y lo denuncie.
miércoles, 14 de noviembre de 2012
Capítulo 9 «As long as she loves me»
◘ Jason McCann.
Salto del sofá, por poco me caigo. Son las tres de la madrugada y alguien acaba de entrar en el piso. No sé qué digo, si ya sé que es Drake. Ese estúpido siempre da portazos cuando vuelve. ¿Acaso no sabe cerrar la puerta como una persona civilizada?
Lo veo un segundo, pero corre hasta el fondo del pasillo, supongo que a encerrarse en su habitación para levantarse a la hora de comer, como hace de costumbre. Cómo me equivoco. Minutos después oigo un grito.
—¡Cállate, hostias! —y después el ruido de un golpe, como una bofetada.
Se me pasan por la cabeza muchas cosas. Y todas con algo en común.
Heather.
Corro hasta mi habitación. Sí que confío en Drake, pero no cuando está ebrio, no controla sus acciones. Y claro, tengo yo que controlarlas por él. No dudo ni un segundo en abrir la puerta. Es mi cuarto al fin y al cabo, ¿no?
Pero lo que veo es lo último que se me habría pasado por la cabeza. A Drake encima de Heather, en mi cama, con ambos en ropa interior. Ella tiene moretones en la espalda y las costillas, y las mejillas enrojecidas. Pero no por el frío, o por el miedo… tiene las marcas de unas manos en ellas. De las manos de Drake.
No… no me puedo creer que le haya pegado. Es que simplemente no me lo creo. Él nunca haría nada así. No si estuviera sobrio.
—¡Drake! ¡Estás borracho, tío! ¡Aparta!
—¡Eres un estúpido! ¡Déjame! ¡Puedo hacer lo que quiera!
Me da un puñetazo. Ah, ¿qué esto es lo que tenemos planeado hacer ahora, a las tres de la mañana? Pues se equivoca. Esto no tiene nada que ver con él, tiene que ver con Heather. Después de todo, también ha sido capaz de hacer esto. No me lo puedo creer. No puedo creer que haya podido caer de esta forma. Sabe lo mal que está ella, y yo sé lo mal que está él.
He cambiado de opinión.
Que estuviera borracho no tiene nada que ver. Nunca estás lo suficiente como para violar a una chica sin querer. Ha hecho la cosa más horrible del mundo. No me importa cuántas copas haya bebido.
Lo agarro de los hombros, apartándolo de la cama, y empujándolo a la pared, y le doy una bofetada. Él me da otro puñetazo y me hace soltarlo. Vaya, yo pensaba que estaba en mejor forma. Drake tiene razón, no volveré a ir al gimnasio, menudo gasto más absurdo. Busco a Drake y le doy una patada. Se encoge y se dobla. Sale de la habitación, tambaleándose por el dolor.
Aunque dudo, me acerco a ella. Heather se arroja a mis brazos. Supongo que la entiendo. Esto le dolerá muchísimo, estoy convencido. Y aunque me gustaría decir que sé lo que siente, no lo sé. Me siento fatal por ella, porque esto es mi culpa. Tendría que haberme asegurado de que Drake entrara en su habitación, y no en la mía.
—Heather… deja de llorar… por favor.
Gira la cabeza y me mira. Odio que haga eso. Odio que clave sus ojos en los míos. Porque es asquerosamente preciosa. Y sus ojos son lo primero en definirla. Nunca antes había visto una mirada tan penetrante, oscura y profunda como la suya.
—Lo… lo siento mucho… es la primera vez… que se pone así.
No puedo ver cómo llora, no más veces. Esto está empezando a superarme. Algo tiene que cambiar… pero no sé el qué, ni cómo. No quiero llevarme bien con esta chica, no quiero que tengamos ninguna clase de relación, pero mi determinación ya se ha venido abajo, la restableceré cuando amanezca. Este no es el momento de volver a ser yo. He de volver a ser Jason McCann, el asqueroso delincuente.
Está decidido. Ni Drake ni yo volveremos a tener contacto alguno con ella. No podemos arriesgarnos a nada con esto. Porque tiene un algo. Un algo que se me escapa de las manos, como no lo hace nada más. Y, ¿sabes? No quiero saberlo.
En unas horas llamaremos a su padre, para que vea que está bien… o que está, simplemente.
Unos instantes después de susurrar un “Gracias” casi inaudible, se duerme. Y lo agradezco. La tapo con la manta y salgo cerrando la puerta.
Con llave.
♣ • ♣
He decidido que dejaré que todo sea como hasta ahora. Aunque se complicará bastante con la insensatez que cometió Drake, porque hasta ahora, él había sido quien cuidara de Heather… Pero tiene que entender que no somos sus amigos, sino sus secuestradores. Lo de anoche fue… un impulso que tuvo en busca de protección, completamente normal y comprensible, claro.
Miro el reloj.
Las diez y media.
Ya es hora de que todo el mundo se levante. ¿O no? Esta es una buena hora para hacer la llamada, aunque estaría mejor que fuera a una hora punta, para que fuera como una manera sutil de decir que somos calculadores y precisos. Llamaremos a las once. Ni un segundo más. De ser secuestrada mi hija, prácticamente viviría pegado al teléfono, es más que obvio.
Prefiero ir directamente a la habitación de Drake, para decirle un par de cosas.
—Arriba —suelto nada más abrir la puerta, subiendo la persiana. —Tú y yo tenemos que hablar, levanta.
Da una vuelta en la cama y se enrolla en las sábanas. No. Esto no lo consiento. Si yo me he pasado toda la noche despierto, no es para que él duerma. Arranco las mantas en las que se ve envuelto.
Gruñe.
Esto significa que yo gano. Y menos mal, no tengo ganas de discutir ahora mismo. Por lo general, nunca me apetece discutir con nadie. Y aunque a veces ese término no incluye a Drake, ahora mismo ni siquiera tengo ganas de hablar con él. He cambiado por completo desde que esa chica está en esta casa, y eso no puedo dejar que suceda. Y es exactamente lo que tengo que decirle.
—Esto no puede seguir así.
Se incorpora en la cama y me mira. Tiene marcas de la pelea de esta madrugada, al igual que yo, pero aun así parece muy serio y muy centrado (lo cual no podría haberlo dicho anoche, muy a mi pesar).
—¿Cómo no puede seguir?
—Así —repito.— Antes tú eras quien se acercaba a ella. Yo tenía asumido que serías tú quien… ya sabes, la cuidara. Pero con lo que pasó anoche, esa posibilidad se tambalea. Y yo no quiero hacerlo. Y como yo no quiero y tú no puedes, he decidido que ya está bien. Esto es un secuestro. No el patio del colegio, no estamos para hacer amigos. Queremos el dinero de su padre, y poco más, ¿entendido? No me importa que te opongas, Drake, se hará lo que yo digo. He perdido parte de mí desde que está en casa, ¿ves eso normal? ¿Dónde queda Jason McCann, el delincuente? —Paro un momento. La verdad es que deseo oír la respuesta. Pero él no dice nada. Sabe que tengo razón. «Genial».— No nos acercaremos más a ella.
De repente, nuestro móvil emite un agudo pitido.
Mierda.
Salto del sofá, por poco me caigo. Son las tres de la madrugada y alguien acaba de entrar en el piso. No sé qué digo, si ya sé que es Drake. Ese estúpido siempre da portazos cuando vuelve. ¿Acaso no sabe cerrar la puerta como una persona civilizada?
Lo veo un segundo, pero corre hasta el fondo del pasillo, supongo que a encerrarse en su habitación para levantarse a la hora de comer, como hace de costumbre. Cómo me equivoco. Minutos después oigo un grito.
—¡Cállate, hostias! —y después el ruido de un golpe, como una bofetada.
Se me pasan por la cabeza muchas cosas. Y todas con algo en común.
Heather.
Corro hasta mi habitación. Sí que confío en Drake, pero no cuando está ebrio, no controla sus acciones. Y claro, tengo yo que controlarlas por él. No dudo ni un segundo en abrir la puerta. Es mi cuarto al fin y al cabo, ¿no?
Pero lo que veo es lo último que se me habría pasado por la cabeza. A Drake encima de Heather, en mi cama, con ambos en ropa interior. Ella tiene moretones en la espalda y las costillas, y las mejillas enrojecidas. Pero no por el frío, o por el miedo… tiene las marcas de unas manos en ellas. De las manos de Drake.
No… no me puedo creer que le haya pegado. Es que simplemente no me lo creo. Él nunca haría nada así. No si estuviera sobrio.
—¡Drake! ¡Estás borracho, tío! ¡Aparta!
—¡Eres un estúpido! ¡Déjame! ¡Puedo hacer lo que quiera!
Me da un puñetazo. Ah, ¿qué esto es lo que tenemos planeado hacer ahora, a las tres de la mañana? Pues se equivoca. Esto no tiene nada que ver con él, tiene que ver con Heather. Después de todo, también ha sido capaz de hacer esto. No me lo puedo creer. No puedo creer que haya podido caer de esta forma. Sabe lo mal que está ella, y yo sé lo mal que está él.
He cambiado de opinión.
Que estuviera borracho no tiene nada que ver. Nunca estás lo suficiente como para violar a una chica sin querer. Ha hecho la cosa más horrible del mundo. No me importa cuántas copas haya bebido.
Lo agarro de los hombros, apartándolo de la cama, y empujándolo a la pared, y le doy una bofetada. Él me da otro puñetazo y me hace soltarlo. Vaya, yo pensaba que estaba en mejor forma. Drake tiene razón, no volveré a ir al gimnasio, menudo gasto más absurdo. Busco a Drake y le doy una patada. Se encoge y se dobla. Sale de la habitación, tambaleándose por el dolor.
Aunque dudo, me acerco a ella. Heather se arroja a mis brazos. Supongo que la entiendo. Esto le dolerá muchísimo, estoy convencido. Y aunque me gustaría decir que sé lo que siente, no lo sé. Me siento fatal por ella, porque esto es mi culpa. Tendría que haberme asegurado de que Drake entrara en su habitación, y no en la mía.
—Heather… deja de llorar… por favor.
Gira la cabeza y me mira. Odio que haga eso. Odio que clave sus ojos en los míos. Porque es asquerosamente preciosa. Y sus ojos son lo primero en definirla. Nunca antes había visto una mirada tan penetrante, oscura y profunda como la suya.
—Lo… lo siento mucho… es la primera vez… que se pone así.
No puedo ver cómo llora, no más veces. Esto está empezando a superarme. Algo tiene que cambiar… pero no sé el qué, ni cómo. No quiero llevarme bien con esta chica, no quiero que tengamos ninguna clase de relación, pero mi determinación ya se ha venido abajo, la restableceré cuando amanezca. Este no es el momento de volver a ser yo. He de volver a ser Jason McCann, el asqueroso delincuente.
Está decidido. Ni Drake ni yo volveremos a tener contacto alguno con ella. No podemos arriesgarnos a nada con esto. Porque tiene un algo. Un algo que se me escapa de las manos, como no lo hace nada más. Y, ¿sabes? No quiero saberlo.
En unas horas llamaremos a su padre, para que vea que está bien… o que está, simplemente.
Unos instantes después de susurrar un “Gracias” casi inaudible, se duerme. Y lo agradezco. La tapo con la manta y salgo cerrando la puerta.
Con llave.
♣ • ♣
He decidido que dejaré que todo sea como hasta ahora. Aunque se complicará bastante con la insensatez que cometió Drake, porque hasta ahora, él había sido quien cuidara de Heather… Pero tiene que entender que no somos sus amigos, sino sus secuestradores. Lo de anoche fue… un impulso que tuvo en busca de protección, completamente normal y comprensible, claro.
Miro el reloj.
Las diez y media.
Ya es hora de que todo el mundo se levante. ¿O no? Esta es una buena hora para hacer la llamada, aunque estaría mejor que fuera a una hora punta, para que fuera como una manera sutil de decir que somos calculadores y precisos. Llamaremos a las once. Ni un segundo más. De ser secuestrada mi hija, prácticamente viviría pegado al teléfono, es más que obvio.
Prefiero ir directamente a la habitación de Drake, para decirle un par de cosas.
—Arriba —suelto nada más abrir la puerta, subiendo la persiana. —Tú y yo tenemos que hablar, levanta.
Da una vuelta en la cama y se enrolla en las sábanas. No. Esto no lo consiento. Si yo me he pasado toda la noche despierto, no es para que él duerma. Arranco las mantas en las que se ve envuelto.
Gruñe.
Esto significa que yo gano. Y menos mal, no tengo ganas de discutir ahora mismo. Por lo general, nunca me apetece discutir con nadie. Y aunque a veces ese término no incluye a Drake, ahora mismo ni siquiera tengo ganas de hablar con él. He cambiado por completo desde que esa chica está en esta casa, y eso no puedo dejar que suceda. Y es exactamente lo que tengo que decirle.
—Esto no puede seguir así.
Se incorpora en la cama y me mira. Tiene marcas de la pelea de esta madrugada, al igual que yo, pero aun así parece muy serio y muy centrado (lo cual no podría haberlo dicho anoche, muy a mi pesar).
—¿Cómo no puede seguir?
—Así —repito.— Antes tú eras quien se acercaba a ella. Yo tenía asumido que serías tú quien… ya sabes, la cuidara. Pero con lo que pasó anoche, esa posibilidad se tambalea. Y yo no quiero hacerlo. Y como yo no quiero y tú no puedes, he decidido que ya está bien. Esto es un secuestro. No el patio del colegio, no estamos para hacer amigos. Queremos el dinero de su padre, y poco más, ¿entendido? No me importa que te opongas, Drake, se hará lo que yo digo. He perdido parte de mí desde que está en casa, ¿ves eso normal? ¿Dónde queda Jason McCann, el delincuente? —Paro un momento. La verdad es que deseo oír la respuesta. Pero él no dice nada. Sabe que tengo razón. «Genial».— No nos acercaremos más a ella.
De repente, nuestro móvil emite un agudo pitido.
Mierda.
Capítulo 8 «As long as she loves me»
◘ Heather O’Connor.
—¿Por qué trabajas para esos hombres? —pregunto, posando mi mirada en la suya.
Abre la boca, para decir algo, pero en seguida la vuelve a cerrar.
—¿No sabes qué decir? —me burlo, cruzándome de brazos, aunque me siento asustada de repente. Él me da miedo, no entiendo por qué he sido tan audaz. Además, ni siquiera me importa por qué trabaja para esos hombres, es simple y sana curiosidad. —No es necesario que contestes. Lo siento. No es asunto mío.
—Tienes derecho a saberlo. Pero yo no la obligación de decírtelo. Como tú has dicho, no es asunto tuyo. No tiene nada que ver contigo. Es todo culpa mía.
—No lo entiendo.
—No tienes que entenderlo —susurra, casi para sí.
Creo que se va a ir, pero se queda ahí delante. Mirándome. Con sus ojos clavados en los míos, sintiendo que me explora.
—¿No tengo que entenderlo? —grito—. ¿Disculpa? Pero me has secuestrado, merezco saber por qué, ¿no crees?
Sale de mi habitación. Me deja sola, como antes estaba. Ojalá hubiera tenido algo que hacer, pero ni siquiera tengo mi bolso, aunque sea.
Me pregunto de verdad qué es lo que los incita a hacer todo lo que hacen. Llevan años robando, cometiendo crímenes y esas cosas (lo sé por las noticias, no creo que me equivocara con lo de «los más buscados de Chicago»), pero dice que no quiere hacerlo. Entonces, ¿qué es lo que le obliga a hacerlo? No lo entiendo. Y creo que no lo entenderé nunca. Y dice que es algo por lo que se culpa constantemente. Tal vez hubo un accidente alguna vez o algo así, pero no puedo imaginarme lo que haría yo en un tal caso.
—Ven. Tienes que comer —oigo susurrar al otro lado de la puerta.
Le hago caso. Le tengo miedo. Su voz agresiva me araña los oídos. Sigo sin poder creerme lo que me ha pasado, lo que me han hecho. ¿Yo?, ¿raptada? Ni en mis peores pesadillas.
♣ • ♣
Es de noche. Las tres o así de la madrugada, y no puedo dormir. Creo que Drake no ha llegado todavía, y me hace sentir desprotegida. A pesar de que a él también lo odio. A él y a Jason. Los odio a ambos. Sigo sin comprender cuál es su razón para hacerme todo lo que me están haciendo. ¿Qué será difícil para ellos? Tengo que pasar un mes en este piso diminuto, del que no puedo salir, con dos desconocidos que me han secuestrado. Y ni siquiera conozco la razón. Hay muchísimas personas más ricas que mi padre en Chicago. Banqueros, jueces, o incluso abogados o médicos. Nuestros vecinos tienen también hijos de mi edad, año arriba año abajo, y son más o igual de ricos que nosotros. ¿Qué hace a mi padre tan especial? Ah, claro. Se me ha olvidado el factor del coche. Querían el coche también. Pero fueron bastante descuidados. He visto las noticias todos y cada uno de los días de mi vida que tengo doce años, sé todo lo que han hecho. Y esa es otra de las razones por las cuales me dan tanto miedo. Por las cuales necesito salir de aquí. Pero hay una cosa que no echo de menos. Esas miradas. Estos chicos —a los que, repito, odio— no me lanzan las miradas compasivas que sí hace el resto de gente que me rodea. Cierto es que me miran con tristeza, pero porque no querían hacerme lo que me están haciendo. O eso dicen, al menos.
El estruendo de un portazo se lleva el silencio que reinaba en el cuarto. Y con él, todos mis pensamientos.
Me pongo en pie una vez más, y miro este barrio de Chicago. Siempre me pareció una ciudad maravillosa, pero eso era porque nunca antes había pisado la zona pobre. Aunque, claro, puestos así, ninguna ciudad es bonita.
Se abre la puerta de la habitación, con tanta fuerza y tanta rapidez que no me da tiempo ni a asustarme.
Cierro los ojos.
Algo o alguien me empotra contra la pared.
Me atrevo a volver a abrir los ojos.
Una mirada azul, vacía y agresiva como la de un animal, se clava en la mía.
—¿Qué haces? —susurro, con una fuerza que ni siquiera tengo.
Me levanta por encima del suelo, y me obliga a rodearlo con mis piernas. Me golpea otra vez contra la pared. Mis mejillas empiezan a empaparse a causa de las lágrimas. Me siento aturdida, la cabeza me da vueltas. Me duelen las costillas por el golpe, y me he encogido para no ver lo que pasa, aunque oigo el ruido de una hebilla, como si abriera el cinturón. Las lágrimas vuelven a surcar mis mejillas con más rapidez. Muerde mi cuello con fiereza, empieza a quitarme la camiseta… estoy tan asustada que ni siquiera opongo resistencia. No servirá de nada. Bajo la vista, y aunque por las lágrimas, todo lo veo borroso, sé que estoy en sujetador y veo mi espalda y mi tórax llenos de moretones. Araña lo que queda al descubierto. Me escuece.
Estoy tan asustada que ni siquiera puedo sentirme avergonzada por el hecho de estar sin camiseta.
Me tira a la cama, y siento como una bofetada. Se pone encima de mí y siento punzadas por todo mi cuerpo. Me duele a horrores la espalda. Me arranca los pantalones negros largos que llevo mientras no dejo de soltar lágrimas. Él se quita los suyos. Una cortina de pelo me separa de él y de su cara.
Muerde mi labio inferior, y me estremezco. Intento alejarme, pero me retuerce las muñecas.
Me grita que deje de llorar y me da una bofetada.
Justo en ese instante, un chico castaño de ojos color miel entra en la habitación gritando:
—¡Drake! ¡Estás borracho, tío! ¡Aparta!
—¡Eres un estúpido! ¡Déjame! ¡Puedo hacer lo que quiera!
Le da un puñetazo a Jason. Este le coge de los hombros y lo empuja hacia la pared, y le da una bofetada. Drake vuelve a propinarle otro puñetazo y se suelta. Veo salir sangre de los labios y la nariz de Jason, aunque parece que él ni se entera. Lo agarra una vez más y le da una patada a Drake. Este se encoge, y se dobla en dos.
Drake sale de la habitación tambaleándose.
Jason se acerca a mí y no puedo hacer otra cosa que abrazarle, a la vez que rompo a llorar de nuevo. No estoy segura de si rodear su cuello con mis brazos está bien, pero ahora mismo no puedo pensar. Sigo intentando sacar los ojos azules de Drake y terriblemente salvajes de mi cabeza.
Pero no puedo.
—Heather… deja de llorar… por favor…
Vuelvo la cabeza, y me encuentro con sus ojos. Es la primera vez que los veo de esta forma. No son agresivos. Él no es agresivo. Me acaricia el pelo, y lo enrolla en sus dedos. Me devuelve la mirada, y me dedica una sonrisa triste y dolida.
—Lo… lo siento mucho… Es la primera… vez que se pone así…
Me estrecha entre sus brazos, y apoya mi cabeza en su hombro. Sigue acariciando mi pelo, con una dulzura que no creía que tuviese.
—¿Por qué trabajas para esos hombres? —pregunto, posando mi mirada en la suya.
Abre la boca, para decir algo, pero en seguida la vuelve a cerrar.
—¿No sabes qué decir? —me burlo, cruzándome de brazos, aunque me siento asustada de repente. Él me da miedo, no entiendo por qué he sido tan audaz. Además, ni siquiera me importa por qué trabaja para esos hombres, es simple y sana curiosidad. —No es necesario que contestes. Lo siento. No es asunto mío.
—Tienes derecho a saberlo. Pero yo no la obligación de decírtelo. Como tú has dicho, no es asunto tuyo. No tiene nada que ver contigo. Es todo culpa mía.
—No lo entiendo.
—No tienes que entenderlo —susurra, casi para sí.
Creo que se va a ir, pero se queda ahí delante. Mirándome. Con sus ojos clavados en los míos, sintiendo que me explora.
—¿No tengo que entenderlo? —grito—. ¿Disculpa? Pero me has secuestrado, merezco saber por qué, ¿no crees?
Sale de mi habitación. Me deja sola, como antes estaba. Ojalá hubiera tenido algo que hacer, pero ni siquiera tengo mi bolso, aunque sea.
Me pregunto de verdad qué es lo que los incita a hacer todo lo que hacen. Llevan años robando, cometiendo crímenes y esas cosas (lo sé por las noticias, no creo que me equivocara con lo de «los más buscados de Chicago»), pero dice que no quiere hacerlo. Entonces, ¿qué es lo que le obliga a hacerlo? No lo entiendo. Y creo que no lo entenderé nunca. Y dice que es algo por lo que se culpa constantemente. Tal vez hubo un accidente alguna vez o algo así, pero no puedo imaginarme lo que haría yo en un tal caso.
—Ven. Tienes que comer —oigo susurrar al otro lado de la puerta.
Le hago caso. Le tengo miedo. Su voz agresiva me araña los oídos. Sigo sin poder creerme lo que me ha pasado, lo que me han hecho. ¿Yo?, ¿raptada? Ni en mis peores pesadillas.
♣ • ♣
Es de noche. Las tres o así de la madrugada, y no puedo dormir. Creo que Drake no ha llegado todavía, y me hace sentir desprotegida. A pesar de que a él también lo odio. A él y a Jason. Los odio a ambos. Sigo sin comprender cuál es su razón para hacerme todo lo que me están haciendo. ¿Qué será difícil para ellos? Tengo que pasar un mes en este piso diminuto, del que no puedo salir, con dos desconocidos que me han secuestrado. Y ni siquiera conozco la razón. Hay muchísimas personas más ricas que mi padre en Chicago. Banqueros, jueces, o incluso abogados o médicos. Nuestros vecinos tienen también hijos de mi edad, año arriba año abajo, y son más o igual de ricos que nosotros. ¿Qué hace a mi padre tan especial? Ah, claro. Se me ha olvidado el factor del coche. Querían el coche también. Pero fueron bastante descuidados. He visto las noticias todos y cada uno de los días de mi vida que tengo doce años, sé todo lo que han hecho. Y esa es otra de las razones por las cuales me dan tanto miedo. Por las cuales necesito salir de aquí. Pero hay una cosa que no echo de menos. Esas miradas. Estos chicos —a los que, repito, odio— no me lanzan las miradas compasivas que sí hace el resto de gente que me rodea. Cierto es que me miran con tristeza, pero porque no querían hacerme lo que me están haciendo. O eso dicen, al menos.
El estruendo de un portazo se lleva el silencio que reinaba en el cuarto. Y con él, todos mis pensamientos.
Me pongo en pie una vez más, y miro este barrio de Chicago. Siempre me pareció una ciudad maravillosa, pero eso era porque nunca antes había pisado la zona pobre. Aunque, claro, puestos así, ninguna ciudad es bonita.
Se abre la puerta de la habitación, con tanta fuerza y tanta rapidez que no me da tiempo ni a asustarme.
Cierro los ojos.
Algo o alguien me empotra contra la pared.
Me atrevo a volver a abrir los ojos.
Una mirada azul, vacía y agresiva como la de un animal, se clava en la mía.
—¿Qué haces? —susurro, con una fuerza que ni siquiera tengo.
Me levanta por encima del suelo, y me obliga a rodearlo con mis piernas. Me golpea otra vez contra la pared. Mis mejillas empiezan a empaparse a causa de las lágrimas. Me siento aturdida, la cabeza me da vueltas. Me duelen las costillas por el golpe, y me he encogido para no ver lo que pasa, aunque oigo el ruido de una hebilla, como si abriera el cinturón. Las lágrimas vuelven a surcar mis mejillas con más rapidez. Muerde mi cuello con fiereza, empieza a quitarme la camiseta… estoy tan asustada que ni siquiera opongo resistencia. No servirá de nada. Bajo la vista, y aunque por las lágrimas, todo lo veo borroso, sé que estoy en sujetador y veo mi espalda y mi tórax llenos de moretones. Araña lo que queda al descubierto. Me escuece.
Estoy tan asustada que ni siquiera puedo sentirme avergonzada por el hecho de estar sin camiseta.
Me tira a la cama, y siento como una bofetada. Se pone encima de mí y siento punzadas por todo mi cuerpo. Me duele a horrores la espalda. Me arranca los pantalones negros largos que llevo mientras no dejo de soltar lágrimas. Él se quita los suyos. Una cortina de pelo me separa de él y de su cara.
Muerde mi labio inferior, y me estremezco. Intento alejarme, pero me retuerce las muñecas.
Me grita que deje de llorar y me da una bofetada.
Justo en ese instante, un chico castaño de ojos color miel entra en la habitación gritando:
—¡Drake! ¡Estás borracho, tío! ¡Aparta!
—¡Eres un estúpido! ¡Déjame! ¡Puedo hacer lo que quiera!
Le da un puñetazo a Jason. Este le coge de los hombros y lo empuja hacia la pared, y le da una bofetada. Drake vuelve a propinarle otro puñetazo y se suelta. Veo salir sangre de los labios y la nariz de Jason, aunque parece que él ni se entera. Lo agarra una vez más y le da una patada a Drake. Este se encoge, y se dobla en dos.
Drake sale de la habitación tambaleándose.
Jason se acerca a mí y no puedo hacer otra cosa que abrazarle, a la vez que rompo a llorar de nuevo. No estoy segura de si rodear su cuello con mis brazos está bien, pero ahora mismo no puedo pensar. Sigo intentando sacar los ojos azules de Drake y terriblemente salvajes de mi cabeza.
Pero no puedo.
—Heather… deja de llorar… por favor…
Vuelvo la cabeza, y me encuentro con sus ojos. Es la primera vez que los veo de esta forma. No son agresivos. Él no es agresivo. Me acaricia el pelo, y lo enrolla en sus dedos. Me devuelve la mirada, y me dedica una sonrisa triste y dolida.
—Lo… lo siento mucho… Es la primera… vez que se pone así…
Me estrecha entre sus brazos, y apoya mi cabeza en su hombro. Sigue acariciando mi pelo, con una dulzura que no creía que tuviese.
Capítulo 7 «As long as she loves me»
◘ Jason McCann.
Veo a Drake aproximarse a Heather, pero cuando ella se aparta, veo una mueca dolida en cara de mi amigo. Me da mucha pena. Él se aparta. Ella necesita tiempo. Tiempo para hacerse a la idea de lo que ha pasado. Tiempo para saber que no pensamos… como ella ha dicho. «Violarla.» Estoy convencido de que es eso a lo que se refería Josh. Y sé que la hemos secuestrado. Pero me ofende que llegue a pensar eso de mí. Cierto es que yo en su lugar haría y pensaría muchísimas cosas peores.
Al ver a Drake abrir la puerta y salir, me acerco a ella. Lo único que quiero hacer en este momento es gritarle. Gritarle si de verdad me ve capaz de violarla. Quiero que me conozca. Quiero abrirme. Y eso no me había pasado nunca antes de este momento. Pero no sé por qué ella. ¿Qué tiene esta chica? Como ha dicho Josh, es guapa. Pero eso no tiene nada que ver. Tampoco es su mirada sincera lo que me inspira una dolorosa y, seguramente, peligrosa confianza. Pero pertenecemos a mundos diferentes, ahora.
—¿Sabes? —susurro, aunque lo suficiente alto para que me oiga—. No se me pasó por la cabeza… lo que tú has dicho.
—Pero sí se te pasó por la cabeza apuntarme con una pistola, ¿no? —masculla, mirando al suelo.
—¿Qué has dicho? —levanto la voz.
Apoya las manos en la pared y se impulsa para quedarse en pie.
—He dicho que sí se te pasó por la cabeza apuntarme con una puta pistola —grita, clavando sus ojos en los míos.
Esto es el colmo. Además de tener que quedarnos con esta niña rica en nuestra casa, tiene narices a decirme eso. Josh tenía razón. Es de las peleonas. La cojo de los hombros y la levanto, sujetándola unos dedos por encima del suelo.
—A ver si te das cuenta de una vez de que esto no tiene nada que ver contigo —susurro, aunque estoy seguro de que la furia se puede leer en mis ojos. Y no tengo el menor interés en que no se note.
—No te tengo miedo —balbucea.
La suelto. Soy bastante más alto que ella.
Niego con la cabeza.
—No tienes ni idea —respondo.
Ella levanta la mirada, y se encuentra con la mía. Tiene los ojos como de cristal. Pero no parece que tenga la más mínima intención de soltar todas esas lágrimas que lucha por no enseñarme. Como no responde, añado:
—No estaba cargada.
—¿Qué?
—No estaba cargada —repito—. Había que asegurarse de que no gritaras, pero no quería que tuvieras una idea equivocada de mí. No es que espere nada de esto, pero es un mes. Un mes. Será duro para ti. Pero también para nosotros. Asume que no podrás salir antes. Asume que estás encerrada con nosotros. Asume que no merece la pena intentar salir de aquí. Drake pensará más en ti, pero ambos te vamos a proteger.
Corto el contacto visual y susurro:
—Y jamás te violaría, Heather.
Y es cierto. Respeto demasiado a las mujeres como para hacer algo así. No diré que nunca he ido a un pub con la idea de tirarme a alguna chica, pero nunca la he obligado, de eso estoy seguro. Y no sé por qué, pero me hiere que me crean capaz de hacer tal cosa.
Lo bueno de vivir con Drake es que todo lo que se refiere a las personas, es él quien se ocupa. Yo no tengo don de gentes. A veces lo envidio. Envidio su facilidad para hablar con los demás. Pero a la hora de no pensar en nadie, ni siquiera en mí mismo para hacer las cosas, a la hora de ser insensible, entonces soy mejor yo.
♣ • ♣
A la hora de la cena, Drake no está. Se ha ido con Luke a beber. Cómo no. Odio que haga eso. ¿Por qué no asume que es alcohólico? Podemos hablar de ello. A mí no me importa. Una vez fui adicto a la heroína. Sé lo que es. Sé que dejas de pensar por momentos, te olvidas de todo. Pero como ya sabía de antes, él y yo somos muy distintos.
Tengo hambre. Heather también tendrá. Pero después de todo no me apetece hablar con ella. Y seguro que tampoco ella tiene demasiado interés en hablar conmigo. O verme, siquiera.
Ya está bien de tanta estupidez, joder.
Ni siquiera llamo cuando irrumpo en mi habitación, porque es mía. Además, tengo varias cosas que decir.
—Primero de todo, la maleta que me ha dado Josh es ropa para ti.
Está de espaldas a mí, sentada mirando a la ventana, nuestro horrible barrio. Asiente lentamente. Seguro que piensa cosas horribles de nosotros por vivir aquí. Sobre todo habiendo vivido en su casa en el centro de Chicago. Yo antes vivía en aquella zona.
—¿Por qué no te has ido aún? —dice, sin dejar de mirar la fábrica que está dos manzanas más adelante.
—Es mi habitación.
—No lo sabía —dice levantándose y, al fin, dignándose a mirarme. Me escruta. Está enfadada. Por todo o por nada.
—¿Qué quieres cenar? —pregunto.
—No tengo hambre.
—Por favor —susurro, en un tono casi suplicante. Me avergüenzo al instante.
—Como cualquier cosa —responde dejando de escrutarme y sentándose de nuevo, fijando su vista en nuestro barrio.
No tengo ni idea de por qué, pero me siento a su lado. Junto mis manos y las entrelazo. Este es uno de esos silencios incómodos que todos intentamos evitar. Pero como con esta chica parece que siempre que hablo meto la pata, opto por no decir nada. Suele ser ella quien despeja sus dudas cuando hay silencio. No tengo ni idea de por qué, pero es así.
Cuando se pone el sol, me doy cuenta de todo el tiempo que acabo de perder, y me levanto.
—Espera —balbucea cuando ya estoy en la puerta.
—¿Qué? —pregunto, aún de espaldas a ella.
—¿Por qué?
Me doy la vuelta.
—¿Por qué… qué? —susurro, casi para mí.
—¿Por qué trabajas para esos hombres?
Sus preciosos ojos oscuros exigen respuestas.
Veo a Drake aproximarse a Heather, pero cuando ella se aparta, veo una mueca dolida en cara de mi amigo. Me da mucha pena. Él se aparta. Ella necesita tiempo. Tiempo para hacerse a la idea de lo que ha pasado. Tiempo para saber que no pensamos… como ella ha dicho. «Violarla.» Estoy convencido de que es eso a lo que se refería Josh. Y sé que la hemos secuestrado. Pero me ofende que llegue a pensar eso de mí. Cierto es que yo en su lugar haría y pensaría muchísimas cosas peores.
Al ver a Drake abrir la puerta y salir, me acerco a ella. Lo único que quiero hacer en este momento es gritarle. Gritarle si de verdad me ve capaz de violarla. Quiero que me conozca. Quiero abrirme. Y eso no me había pasado nunca antes de este momento. Pero no sé por qué ella. ¿Qué tiene esta chica? Como ha dicho Josh, es guapa. Pero eso no tiene nada que ver. Tampoco es su mirada sincera lo que me inspira una dolorosa y, seguramente, peligrosa confianza. Pero pertenecemos a mundos diferentes, ahora.
—¿Sabes? —susurro, aunque lo suficiente alto para que me oiga—. No se me pasó por la cabeza… lo que tú has dicho.
—Pero sí se te pasó por la cabeza apuntarme con una pistola, ¿no? —masculla, mirando al suelo.
—¿Qué has dicho? —levanto la voz.
Apoya las manos en la pared y se impulsa para quedarse en pie.
—He dicho que sí se te pasó por la cabeza apuntarme con una puta pistola —grita, clavando sus ojos en los míos.
Esto es el colmo. Además de tener que quedarnos con esta niña rica en nuestra casa, tiene narices a decirme eso. Josh tenía razón. Es de las peleonas. La cojo de los hombros y la levanto, sujetándola unos dedos por encima del suelo.
—A ver si te das cuenta de una vez de que esto no tiene nada que ver contigo —susurro, aunque estoy seguro de que la furia se puede leer en mis ojos. Y no tengo el menor interés en que no se note.
—No te tengo miedo —balbucea.
La suelto. Soy bastante más alto que ella.
Niego con la cabeza.
—No tienes ni idea —respondo.
Ella levanta la mirada, y se encuentra con la mía. Tiene los ojos como de cristal. Pero no parece que tenga la más mínima intención de soltar todas esas lágrimas que lucha por no enseñarme. Como no responde, añado:
—No estaba cargada.
—¿Qué?
—No estaba cargada —repito—. Había que asegurarse de que no gritaras, pero no quería que tuvieras una idea equivocada de mí. No es que espere nada de esto, pero es un mes. Un mes. Será duro para ti. Pero también para nosotros. Asume que no podrás salir antes. Asume que estás encerrada con nosotros. Asume que no merece la pena intentar salir de aquí. Drake pensará más en ti, pero ambos te vamos a proteger.
Corto el contacto visual y susurro:
—Y jamás te violaría, Heather.
Y es cierto. Respeto demasiado a las mujeres como para hacer algo así. No diré que nunca he ido a un pub con la idea de tirarme a alguna chica, pero nunca la he obligado, de eso estoy seguro. Y no sé por qué, pero me hiere que me crean capaz de hacer tal cosa.
Lo bueno de vivir con Drake es que todo lo que se refiere a las personas, es él quien se ocupa. Yo no tengo don de gentes. A veces lo envidio. Envidio su facilidad para hablar con los demás. Pero a la hora de no pensar en nadie, ni siquiera en mí mismo para hacer las cosas, a la hora de ser insensible, entonces soy mejor yo.
♣ • ♣
A la hora de la cena, Drake no está. Se ha ido con Luke a beber. Cómo no. Odio que haga eso. ¿Por qué no asume que es alcohólico? Podemos hablar de ello. A mí no me importa. Una vez fui adicto a la heroína. Sé lo que es. Sé que dejas de pensar por momentos, te olvidas de todo. Pero como ya sabía de antes, él y yo somos muy distintos.
Tengo hambre. Heather también tendrá. Pero después de todo no me apetece hablar con ella. Y seguro que tampoco ella tiene demasiado interés en hablar conmigo. O verme, siquiera.
Ya está bien de tanta estupidez, joder.
Ni siquiera llamo cuando irrumpo en mi habitación, porque es mía. Además, tengo varias cosas que decir.
—Primero de todo, la maleta que me ha dado Josh es ropa para ti.
Está de espaldas a mí, sentada mirando a la ventana, nuestro horrible barrio. Asiente lentamente. Seguro que piensa cosas horribles de nosotros por vivir aquí. Sobre todo habiendo vivido en su casa en el centro de Chicago. Yo antes vivía en aquella zona.
—¿Por qué no te has ido aún? —dice, sin dejar de mirar la fábrica que está dos manzanas más adelante.
—Es mi habitación.
—No lo sabía —dice levantándose y, al fin, dignándose a mirarme. Me escruta. Está enfadada. Por todo o por nada.
—¿Qué quieres cenar? —pregunto.
—No tengo hambre.
—Por favor —susurro, en un tono casi suplicante. Me avergüenzo al instante.
—Como cualquier cosa —responde dejando de escrutarme y sentándose de nuevo, fijando su vista en nuestro barrio.
No tengo ni idea de por qué, pero me siento a su lado. Junto mis manos y las entrelazo. Este es uno de esos silencios incómodos que todos intentamos evitar. Pero como con esta chica parece que siempre que hablo meto la pata, opto por no decir nada. Suele ser ella quien despeja sus dudas cuando hay silencio. No tengo ni idea de por qué, pero es así.
Cuando se pone el sol, me doy cuenta de todo el tiempo que acabo de perder, y me levanto.
—Espera —balbucea cuando ya estoy en la puerta.
—¿Qué? —pregunto, aún de espaldas a ella.
—¿Por qué?
Me doy la vuelta.
—¿Por qué… qué? —susurro, casi para mí.
—¿Por qué trabajas para esos hombres?
Sus preciosos ojos oscuros exigen respuestas.
Capítulo 6 «As long as she loves me»
◘ Heather O’Connor
No he comido desde ayer por la mañana. Cuando desayuné antes de irme al concesionario a sustituir a mi padre y… y me… En fin. Tal vez eso justifique mi falta de fuerzas ahora mismo, pero no creo que esa sea la razón real. Doy una vuelta en la cama y me acurruco de nuevo, pero sigo sin estar cómoda. Esta no es mi cama. Doy otra vuelta, y me caigo al suelo. Joder, qué torpe. Pero, Dios, qué cama tan estrecha. Me da pena pensar lo obvio que es que estos chicos no tienen ni la mitad de dinero que mi padre. Y es una pena. Me arrastro hasta llegar a la puerta. Intento abrirla, pero está cerrada. Lógico.
Soy incapaz de pensar con claridad, ahora mismo lo único que sé con seguridad es que necesito comida. Me ruge el estómago con tanta intensidad que incluso tiemblo. Aporreo la puerta con mis últimas fuerzas. Es por la mañana. Las nueve o así. Pero la hora ahora mismo es lo último en lo que pienso. Caigo al suelo al ver que mis esfuerzos son en vano. Necesito volver a casa. Quiero ver a mi padre, oír a Alfred llamarme «señorita» por mucho que lo odie. Hasta tengo ganas de ver a Tracy. ¿Se habrán dado cuenta de que no volví a casa? Siempre están fuera. Tal vez ni durmieron allí. Y, mi móvil… el chico de ojos azules, Drake si no recuerdo mal, me cogió mi bolso nada más llegar aquí. No tengo nada. Y me da la impresión que salir sería completamente imposible, limitándome a decir que ya estoy encerrada en una habitación de la casa.
La puerta se abre. Veo unos ojos azules: Drake. Está bostezando, aunque está vestido como si nada, con una camiseta negra y unos vaqueros gastados. A decir verdad, le pega más que el traje.
—Imagino que tendrás hambre —dice sin más.— Tendrías que haber comido ayer.
—Tenía otras cosas en la cabeza que me impedían comer —mascullo.
Me tiende la mano, aunque me levanto por mí misma. ¿Ahora intentan ser majos conmigo? Me secuestraron. No hace ni 24 horas, no se me olvidan las cosas de peso con tal rapidez.
—Jason me dijo que lo echaste de su habitación —ríe. Aunque no es lo que pasó en absoluto. Fue la primera habitación que encontré, y además tenía baño. Que se jodan.— Durmió en el sofá, ¿sabes?
Yo no digo nada. Encima de todo, ¿se van a burlar de mí? Si quieren algo, que me lo digan, y así podré irme. Pero la frase que me dijo el chico ese, Jason, sigue revoloteando en mi cabeza. «Ni Drake ni yo tenemos el menor interés en ti.» Entonces, ¿por qué estoy aquí? ¿Qué quieren de mí? ¿Quién lo quiere?
—¿Qué vais a hacer conmigo? —pregunto.
Ayer le hice la misma pregunta al tal Jason y no fue capaz de contestarme. No fue capaz de decirme nada que pudiera ayudarme. No fue capaz de ser un hombre. ¡Me había apuntado con una pistola! ¿No merezco saber por qué?
—No lo sé —dice apartando la mirada.
Una lágrima surca mi mejilla. «Vaya, yo pensaba que las había gastado todas esta noche.»
—¿Cómo no vas a saberlo? —respondo hipando.
Él acerca la mano y la lleva a mi mejilla, acariciándola y limpiándome la lágrima, entonces es cuando estallo en un silencioso llanto, y me alejo de él. Me tropiezo y caigo al suelo de nuevo, pero al contrario de ayer, no me levanto, me quedo ahí tirada y con las mejillas empapadas. Noto mis ojos hincharse y a la vez lo mucho que me escuecen.
Me tiende la mano. Tardo un momento, pero la cojo y me encuentro con sus ojos azules clavados en los míos.
—¿Por qué te disculpaste? —susurro. La verdad, no sé siquiera si he llegado a decirlo.
Él se encoje de hombros.
—Te lo diría más veces, Heather. Lo siento. Lo siento muchísimo. Pero es que, no nos quedaba otra.
♣ • ♣
Jason entra en el piso, seguido de dos hombres bastante corpulentos, con mirada severa y concentrada. Dicen algo así como:
—Habéis hecho un magnífico trabajo, igual que siempre. Esperemos que esté todo.
En ese instante, Drake me coge el codo y lo aprieta, aunque no llega a hacerme daño, y me arrastra al salón, donde ya están sentados y ambos, los dos desconocidos, se recuestan en un sofá con un par de copas.
—Está todo —dice una vez estamos delante de ellos.
¿Formo parte de eso que querían estos dos? ¿Qué? ¿Ellos se quedarán conmigo? A cada vez que leía algo acerca de violadores… me los imaginaba con esa cara. Esos no van a tocarme ni un pelo.
—Siéntate —me ordena uno, y le hago caso. Hay una silla a un par de pasos del sofá en el que están ambos sentados—. Es más guapa de lo que esperaba.
Por alguna extraña razón, no me lo tomo como un cumplido.
Pone sus asquerosas manos en mi barbilla y me mueve la cabeza de un lado a otro. Nunca antes había odiado a alguien tan rápido. Tira de mí, aunque me alejo. ¿Quién se cree que es?
—Es peleona… Muy bien.
Me coge de nuevo y me acerca a él aún más. Huele —o, mejor dicho, apesta— a alcohol y a tabaco. Da asco. Me da asco, más bien, porque parezco ser la única que se da cuenta. Cuando estamos a centímetros, pasa su lengua por mi mejilla. Me estremezco, aunque hago un esfuerzo sobrehumano para que no se me note.
Jason echa la silla en la que estoy sentada hacia a atrás y se sitúa delante de mí, hablando con estos dos asquerosos hombres.
«Dios, gracias.»
—Dejadla ya —susurra, para mi sorpresa—. Dijisteis que una vez que la vierais nos diríais para qué la necesitabais.
«¿Esto significa que tenían razón? ¿Que no sabían para qué me querían? ¿Que no tenían interés en mí? ¿Que no eran ellos?» Pero estoy segura de que preferiría que no fuese así. Preferiría que quisieran algo Jason o Drake porque a pesar de que me secuestraran, me apuntaran con una pistola y me dejaran encerrada… he sentido que todo lo hacían por obligación, aunque no quería darme cuenta. Porque tenía que echarle la culpa a alguien.
—Sobre todo es la oportunidad. Dime tú, Jason, ¿cuántas chicas como esta has conocido? Mírala.
Se gira y me escruta, siento sus ojos clavarse en los míos y entrar a explorar donde nunca nadie lo había hecho. Estoy incómoda con tantas miradas puestas en mí.
—No está mal —contesta unos instantes después, que se me hacen eternos—. No es mi tipo.
—No lo creo —ríe el hombre—. En fin, tenemos todas las habitaciones de nuestra mansión ocupadas, ya sabéis —enarca una ceja. Creo que hasta yo «sé», por desgracia. Pobres chicas—. Tendremos a Heather un tiempo. Un mes, más o menos. Después solo hay que ocuparse del dinero del rescate. Ayer le cogisteis el móvil, ¿no es así?
—Se lo cogí ayer, me quedé con su bolso. Tenía la cartera y un iPhone —interviene Drake, por primera vez. Parece tener menos voz que Jason en este asunto. No puedo evitar preguntarme por qué. O eso, o que está más asustado. Siempre me pareció más maduro Jason que él, tal vez sea eso.
—Dadme el móvil, me desharé de él. Puede que tenga GPS o algo así. Tomad este. Tendréis que llamar a su padre y pasarle a la chica, para que sepa que está bien. No le digáis nada acerca del dinero de la recompensa ni nada, para eso esperará un poco más —sus ojos se iluminan. Qué asco. Quiere hacer sufrir a mi padre. Y a Tracy.
Drake le tiende el móvil. Espera, Heather, un momento, ¿un mes? ¿Un maldito mes fuera de mi casa?
—Nosotros ya nos vamos. Muy bien por lo del Bugatti. Recordad que la chica no puede salir de aquí, y preferiría que no la dejarais sola. —Se acerca a Jason y le susurra, aunque puedo oírlo perfectamente—: Podéis divertiros con ella, ya sabes a lo que me refiero.
Jason responde con una risa nerviosa.
El hombre le da una maleta y se van.
Cuando nos quedamos los tres, Jason, Drake y yo, vuelvo a soltar lágrimas.
—¿Eso es lo que pensáis hacer conmigo? —grito—. ¿Violarme?
Corro a la entrada, y al saber que no puedo pasar el umbral de la puerta, empiezo a aporrear la puerta. Necesito salir de aquí.
No he comido desde ayer por la mañana. Cuando desayuné antes de irme al concesionario a sustituir a mi padre y… y me… En fin. Tal vez eso justifique mi falta de fuerzas ahora mismo, pero no creo que esa sea la razón real. Doy una vuelta en la cama y me acurruco de nuevo, pero sigo sin estar cómoda. Esta no es mi cama. Doy otra vuelta, y me caigo al suelo. Joder, qué torpe. Pero, Dios, qué cama tan estrecha. Me da pena pensar lo obvio que es que estos chicos no tienen ni la mitad de dinero que mi padre. Y es una pena. Me arrastro hasta llegar a la puerta. Intento abrirla, pero está cerrada. Lógico.
Soy incapaz de pensar con claridad, ahora mismo lo único que sé con seguridad es que necesito comida. Me ruge el estómago con tanta intensidad que incluso tiemblo. Aporreo la puerta con mis últimas fuerzas. Es por la mañana. Las nueve o así. Pero la hora ahora mismo es lo último en lo que pienso. Caigo al suelo al ver que mis esfuerzos son en vano. Necesito volver a casa. Quiero ver a mi padre, oír a Alfred llamarme «señorita» por mucho que lo odie. Hasta tengo ganas de ver a Tracy. ¿Se habrán dado cuenta de que no volví a casa? Siempre están fuera. Tal vez ni durmieron allí. Y, mi móvil… el chico de ojos azules, Drake si no recuerdo mal, me cogió mi bolso nada más llegar aquí. No tengo nada. Y me da la impresión que salir sería completamente imposible, limitándome a decir que ya estoy encerrada en una habitación de la casa.
La puerta se abre. Veo unos ojos azules: Drake. Está bostezando, aunque está vestido como si nada, con una camiseta negra y unos vaqueros gastados. A decir verdad, le pega más que el traje.
—Imagino que tendrás hambre —dice sin más.— Tendrías que haber comido ayer.
—Tenía otras cosas en la cabeza que me impedían comer —mascullo.
Me tiende la mano, aunque me levanto por mí misma. ¿Ahora intentan ser majos conmigo? Me secuestraron. No hace ni 24 horas, no se me olvidan las cosas de peso con tal rapidez.
—Jason me dijo que lo echaste de su habitación —ríe. Aunque no es lo que pasó en absoluto. Fue la primera habitación que encontré, y además tenía baño. Que se jodan.— Durmió en el sofá, ¿sabes?
Yo no digo nada. Encima de todo, ¿se van a burlar de mí? Si quieren algo, que me lo digan, y así podré irme. Pero la frase que me dijo el chico ese, Jason, sigue revoloteando en mi cabeza. «Ni Drake ni yo tenemos el menor interés en ti.» Entonces, ¿por qué estoy aquí? ¿Qué quieren de mí? ¿Quién lo quiere?
—¿Qué vais a hacer conmigo? —pregunto.
Ayer le hice la misma pregunta al tal Jason y no fue capaz de contestarme. No fue capaz de decirme nada que pudiera ayudarme. No fue capaz de ser un hombre. ¡Me había apuntado con una pistola! ¿No merezco saber por qué?
—No lo sé —dice apartando la mirada.
Una lágrima surca mi mejilla. «Vaya, yo pensaba que las había gastado todas esta noche.»
—¿Cómo no vas a saberlo? —respondo hipando.
Él acerca la mano y la lleva a mi mejilla, acariciándola y limpiándome la lágrima, entonces es cuando estallo en un silencioso llanto, y me alejo de él. Me tropiezo y caigo al suelo de nuevo, pero al contrario de ayer, no me levanto, me quedo ahí tirada y con las mejillas empapadas. Noto mis ojos hincharse y a la vez lo mucho que me escuecen.
Me tiende la mano. Tardo un momento, pero la cojo y me encuentro con sus ojos azules clavados en los míos.
—¿Por qué te disculpaste? —susurro. La verdad, no sé siquiera si he llegado a decirlo.
Él se encoje de hombros.
—Te lo diría más veces, Heather. Lo siento. Lo siento muchísimo. Pero es que, no nos quedaba otra.
♣ • ♣
Jason entra en el piso, seguido de dos hombres bastante corpulentos, con mirada severa y concentrada. Dicen algo así como:
—Habéis hecho un magnífico trabajo, igual que siempre. Esperemos que esté todo.
En ese instante, Drake me coge el codo y lo aprieta, aunque no llega a hacerme daño, y me arrastra al salón, donde ya están sentados y ambos, los dos desconocidos, se recuestan en un sofá con un par de copas.
—Está todo —dice una vez estamos delante de ellos.
¿Formo parte de eso que querían estos dos? ¿Qué? ¿Ellos se quedarán conmigo? A cada vez que leía algo acerca de violadores… me los imaginaba con esa cara. Esos no van a tocarme ni un pelo.
—Siéntate —me ordena uno, y le hago caso. Hay una silla a un par de pasos del sofá en el que están ambos sentados—. Es más guapa de lo que esperaba.
Por alguna extraña razón, no me lo tomo como un cumplido.
Pone sus asquerosas manos en mi barbilla y me mueve la cabeza de un lado a otro. Nunca antes había odiado a alguien tan rápido. Tira de mí, aunque me alejo. ¿Quién se cree que es?
—Es peleona… Muy bien.
Me coge de nuevo y me acerca a él aún más. Huele —o, mejor dicho, apesta— a alcohol y a tabaco. Da asco. Me da asco, más bien, porque parezco ser la única que se da cuenta. Cuando estamos a centímetros, pasa su lengua por mi mejilla. Me estremezco, aunque hago un esfuerzo sobrehumano para que no se me note.
Jason echa la silla en la que estoy sentada hacia a atrás y se sitúa delante de mí, hablando con estos dos asquerosos hombres.
«Dios, gracias.»
—Dejadla ya —susurra, para mi sorpresa—. Dijisteis que una vez que la vierais nos diríais para qué la necesitabais.
«¿Esto significa que tenían razón? ¿Que no sabían para qué me querían? ¿Que no tenían interés en mí? ¿Que no eran ellos?» Pero estoy segura de que preferiría que no fuese así. Preferiría que quisieran algo Jason o Drake porque a pesar de que me secuestraran, me apuntaran con una pistola y me dejaran encerrada… he sentido que todo lo hacían por obligación, aunque no quería darme cuenta. Porque tenía que echarle la culpa a alguien.
—Sobre todo es la oportunidad. Dime tú, Jason, ¿cuántas chicas como esta has conocido? Mírala.
Se gira y me escruta, siento sus ojos clavarse en los míos y entrar a explorar donde nunca nadie lo había hecho. Estoy incómoda con tantas miradas puestas en mí.
—No está mal —contesta unos instantes después, que se me hacen eternos—. No es mi tipo.
—No lo creo —ríe el hombre—. En fin, tenemos todas las habitaciones de nuestra mansión ocupadas, ya sabéis —enarca una ceja. Creo que hasta yo «sé», por desgracia. Pobres chicas—. Tendremos a Heather un tiempo. Un mes, más o menos. Después solo hay que ocuparse del dinero del rescate. Ayer le cogisteis el móvil, ¿no es así?
—Se lo cogí ayer, me quedé con su bolso. Tenía la cartera y un iPhone —interviene Drake, por primera vez. Parece tener menos voz que Jason en este asunto. No puedo evitar preguntarme por qué. O eso, o que está más asustado. Siempre me pareció más maduro Jason que él, tal vez sea eso.
—Dadme el móvil, me desharé de él. Puede que tenga GPS o algo así. Tomad este. Tendréis que llamar a su padre y pasarle a la chica, para que sepa que está bien. No le digáis nada acerca del dinero de la recompensa ni nada, para eso esperará un poco más —sus ojos se iluminan. Qué asco. Quiere hacer sufrir a mi padre. Y a Tracy.
Drake le tiende el móvil. Espera, Heather, un momento, ¿un mes? ¿Un maldito mes fuera de mi casa?
—Nosotros ya nos vamos. Muy bien por lo del Bugatti. Recordad que la chica no puede salir de aquí, y preferiría que no la dejarais sola. —Se acerca a Jason y le susurra, aunque puedo oírlo perfectamente—: Podéis divertiros con ella, ya sabes a lo que me refiero.
Jason responde con una risa nerviosa.
El hombre le da una maleta y se van.
Cuando nos quedamos los tres, Jason, Drake y yo, vuelvo a soltar lágrimas.
—¿Eso es lo que pensáis hacer conmigo? —grito—. ¿Violarme?
Corro a la entrada, y al saber que no puedo pasar el umbral de la puerta, empiezo a aporrear la puerta. Necesito salir de aquí.
Capítulo 5 «As long as she loves me»
◘ Jason McCann
—Luke, tengo que pedirte un favor —digo entrando en el taller de coches.
—Claro, Jason, dime —responde a la vez que se limpia las manos con un trapo y se me acerca.
—Sabes que Drake y yo trabajamos para Anderson y Thompson —asiente—. Pues, verás, hoy teníamos un encargo…
—Creo que sé por dónde vas. ¿A qué coche tengo que cambiarle la matrícula por una falsa? Sabes que no tardo nada.
—Es que no solo es cambiarle la matrícula, Luke. Tengo que pedirte que te lo quedes en el taller hasta mañana, cuando vaya a dárselo. Sabes cómo trabajo.
Él deja el trapo y clava sus ojos en los míos.
—Jason, ¿por qué quieres… necesitas que te guarde el coche?
—Vivimos en un barrio pobre, lo sabes, es un coche bastante caro, cualquiera podría intentar robarlo. Entiéndeme.
—Veamos ese coche caro —susurra riéndose, saliendo de su taller.— ¡Dios mío! ¿Es eso un Bugatti? ¿Cómo lo habéis hecho?
Me mira. ¿Es para tanto? ¿Un Bugatti? En fin, sí que lo es, para qué engañarse. Este modelo en concreto son tres millones de dólares, el típico coche con el que un chico como yo solo podría soñar, aunque en mi vida anterior, en esa vida en la que era un niño ingenuo y feliz, tal vez hubiera podido conseguir alguno… honradamente.
—¿Jason?
—Bueno, sí, Luke, arréglalo, ya sabes.
—¿Me dejarás que lo pruebe? —pregunta de sopetón.
—No. Cualquiera puede estropear este coche, y te lo confío a ti porque creo que te ocuparás bien de él, ¿vale?
Luke no parece convencido, pero no quiero darle importancia. Tengo que volver con Drake, y con esa chica, que estará en mi casa hasta mañana. Cuando Josh y Lewis nos visiten para que les demos el Bugatti, se quedarán con Heather, y mira que lo siento… Parezco un monstruo diciendo estas cosas. Y lo peor es que soy consciente de ello. Cómo me odio.
—Bueno, Luke, tengo cosas que hacer. Mañana a primera hora recojo el coche.
—Claro, McCann.
Él vuelve a entrar en su taller y yo camino hacia mi casa. Bueno, es un piso a las afueras de Chicago. Medio destartalado, que parece que se cae, pero en realidad es estable, y me gusta. Su aspecto descuidado aleja a muchos curiosos. Pero a pesar de todo eso, si analizo, de lo que no me quejo es de mi casa. Y aunque el edificio esté un poco inclinado, es lo único que se mantiene en pie en mi vida.
♣ • ♣
Dejo las llaves en el mueble que queda al lado de la puerta. No oigo nada, pero supongo que es mejor. Aun así, ¿dónde está Drake? ¿Dónde está Heather? Creo que tendrían que haber llegado ya, yo he sido el que ha dado un rodeo por toda la ciudad hasta el taller de Luke y luego he venido caminando. De repente oigo sollozos. Eso responde a mi segunda pregunta. ¿Qué he de hacer ahora? Me quito la chaqueta y me desabrocho la camisa. Qué cosa más incómoda, de verdad. ¿A quién se le ocurriría eso del traje?
Cuando agarro el pomo de la puerta de mi cuarto, ya con la corbata en la mano, retrocedo. De ahí vienen los sollozos. ¿Por qué coño está en mi habitación? Juro que cuando vea a Drake, lo mato. Sin embargo, en un impulso irrefrenable, abro la puerta. Ella, que estaba acurrucada en mi cama, se levanta torpe y se cae. Y yo sigo sin entrar. Se levanta con rapidez y se pega a la pared, supongo que para estar lo más lejos posible de mí. Lo veo bastante comprensible. Aun así, no deseo que me tenga miedo. Y me pregunto por qué. Es la primera vez en mi vida que me preocupo por lo que pueda pensar alguien de mí. Ese suele ser Drake.
Me acerco a ella, que sigue pegada a la pared, conteniendo las lágrimas, aunque no puedo verlo; su cara queda oculta tras una cortina de cabello castaño oscuro. No es que espere otra reacción de ella. La hemos secuestrado, al fin y al cabo.
—Puedes, eh… quedarte en mi cama…
Ni siquiera estoy seguro de por qué he dicho eso. Supongo que preferiría seguir oyendo cómo llora desde el salón a tenerla delante y verla sufrir, pero intenta parecer fuerte, ¿por qué se empeña? Sé que esto es difícil para ella. No sabe que también lo es para mí, claro. Seguro que estará pensando que somos unos idiotas integrales —o cosas peores que me abstendré de decir— y preguntándose a cuántas chicas les hemos hecho eso ya.
Levanto la mano, la verdad es que con la intención de tocarla, que vea que no tengo la menor intención de hacerle daño. Pero ella se desliza en el muro y cae al suelo, que nada más poner la mano en él, como apoyo, rompe a llorar de nuevo. Dejo la chaqueta de mi traje y la corbata sobre un sillón que tengo ahí cerca y me siento a su lado, en el suelo. Suspiro y echo la cabeza hacia atrás.
Hace ademán de alejarse de mí, pero no puede. Estoy empezando a sentirme mal. Otra vez. Lleno mis pulmones de aire y la oigo susurrar:
—¿Qué vais a hacer conmigo?
Si soy completamente sincero, no estoy seguro de si ha sido producto de mi imaginación hasta que la oigo de nuevo.
—¿Qué vais a hacer conmigo? —repite entrecortadamente, aunque con un tono más firme.
Me mira. Sus ojos oscuros están rojos e hinchados, además de cristalinos por las lágrimas. Aun así, me parecen hermosos. Y por eso, por esa única y estúpida razón, me siento obligado a contestar.
—Yo… no lo sé.
Gira la cabeza y mira al frente, la pared beige que un día fue blanca.
Se lleva las manos a la cabeza. Es tan fácil ver que sufre…
—¿Cómo puedes no saberlo? —grita.— Esto es estúpido… como te llames. Saldré de aquí como sea, y después os denunciaré, a ti y a tu amigo.
—Jamás harías eso.
—¿Que no? ¡Sácame de aquí y te lo demuestro! —vuelve la cabeza hacia mí, llena de ira.
—No puedo hacer eso. —Tras una pausa, añado—: Ni Drake ni yo tenemos el menor interés en ti.
—¿Entonces? —dice mirándome de nuevo.
Son preguntas que no puedo contestarle. Sería demasiado.
—Mañana… mañana lo tendrás todo un poco más claro.
Cojo ropa limpia, ya que queda claro que no voy a poder cambiarme en mi habitación, y me salgo, pero antes de cerrar la puerta, susurro:
—Por cierto, soy Jason.
Después cierro la puerta y vuelvo a oír sollozos y gemidos.
—Luke, tengo que pedirte un favor —digo entrando en el taller de coches.
—Claro, Jason, dime —responde a la vez que se limpia las manos con un trapo y se me acerca.
—Sabes que Drake y yo trabajamos para Anderson y Thompson —asiente—. Pues, verás, hoy teníamos un encargo…
—Creo que sé por dónde vas. ¿A qué coche tengo que cambiarle la matrícula por una falsa? Sabes que no tardo nada.
—Es que no solo es cambiarle la matrícula, Luke. Tengo que pedirte que te lo quedes en el taller hasta mañana, cuando vaya a dárselo. Sabes cómo trabajo.
Él deja el trapo y clava sus ojos en los míos.
—Jason, ¿por qué quieres… necesitas que te guarde el coche?
—Vivimos en un barrio pobre, lo sabes, es un coche bastante caro, cualquiera podría intentar robarlo. Entiéndeme.
—Veamos ese coche caro —susurra riéndose, saliendo de su taller.— ¡Dios mío! ¿Es eso un Bugatti? ¿Cómo lo habéis hecho?
Me mira. ¿Es para tanto? ¿Un Bugatti? En fin, sí que lo es, para qué engañarse. Este modelo en concreto son tres millones de dólares, el típico coche con el que un chico como yo solo podría soñar, aunque en mi vida anterior, en esa vida en la que era un niño ingenuo y feliz, tal vez hubiera podido conseguir alguno… honradamente.
—¿Jason?
—Bueno, sí, Luke, arréglalo, ya sabes.
—¿Me dejarás que lo pruebe? —pregunta de sopetón.
—No. Cualquiera puede estropear este coche, y te lo confío a ti porque creo que te ocuparás bien de él, ¿vale?
Luke no parece convencido, pero no quiero darle importancia. Tengo que volver con Drake, y con esa chica, que estará en mi casa hasta mañana. Cuando Josh y Lewis nos visiten para que les demos el Bugatti, se quedarán con Heather, y mira que lo siento… Parezco un monstruo diciendo estas cosas. Y lo peor es que soy consciente de ello. Cómo me odio.
—Bueno, Luke, tengo cosas que hacer. Mañana a primera hora recojo el coche.
—Claro, McCann.
Él vuelve a entrar en su taller y yo camino hacia mi casa. Bueno, es un piso a las afueras de Chicago. Medio destartalado, que parece que se cae, pero en realidad es estable, y me gusta. Su aspecto descuidado aleja a muchos curiosos. Pero a pesar de todo eso, si analizo, de lo que no me quejo es de mi casa. Y aunque el edificio esté un poco inclinado, es lo único que se mantiene en pie en mi vida.
♣ • ♣
Dejo las llaves en el mueble que queda al lado de la puerta. No oigo nada, pero supongo que es mejor. Aun así, ¿dónde está Drake? ¿Dónde está Heather? Creo que tendrían que haber llegado ya, yo he sido el que ha dado un rodeo por toda la ciudad hasta el taller de Luke y luego he venido caminando. De repente oigo sollozos. Eso responde a mi segunda pregunta. ¿Qué he de hacer ahora? Me quito la chaqueta y me desabrocho la camisa. Qué cosa más incómoda, de verdad. ¿A quién se le ocurriría eso del traje?
Cuando agarro el pomo de la puerta de mi cuarto, ya con la corbata en la mano, retrocedo. De ahí vienen los sollozos. ¿Por qué coño está en mi habitación? Juro que cuando vea a Drake, lo mato. Sin embargo, en un impulso irrefrenable, abro la puerta. Ella, que estaba acurrucada en mi cama, se levanta torpe y se cae. Y yo sigo sin entrar. Se levanta con rapidez y se pega a la pared, supongo que para estar lo más lejos posible de mí. Lo veo bastante comprensible. Aun así, no deseo que me tenga miedo. Y me pregunto por qué. Es la primera vez en mi vida que me preocupo por lo que pueda pensar alguien de mí. Ese suele ser Drake.
Me acerco a ella, que sigue pegada a la pared, conteniendo las lágrimas, aunque no puedo verlo; su cara queda oculta tras una cortina de cabello castaño oscuro. No es que espere otra reacción de ella. La hemos secuestrado, al fin y al cabo.
—Puedes, eh… quedarte en mi cama…
Ni siquiera estoy seguro de por qué he dicho eso. Supongo que preferiría seguir oyendo cómo llora desde el salón a tenerla delante y verla sufrir, pero intenta parecer fuerte, ¿por qué se empeña? Sé que esto es difícil para ella. No sabe que también lo es para mí, claro. Seguro que estará pensando que somos unos idiotas integrales —o cosas peores que me abstendré de decir— y preguntándose a cuántas chicas les hemos hecho eso ya.
Levanto la mano, la verdad es que con la intención de tocarla, que vea que no tengo la menor intención de hacerle daño. Pero ella se desliza en el muro y cae al suelo, que nada más poner la mano en él, como apoyo, rompe a llorar de nuevo. Dejo la chaqueta de mi traje y la corbata sobre un sillón que tengo ahí cerca y me siento a su lado, en el suelo. Suspiro y echo la cabeza hacia atrás.
Hace ademán de alejarse de mí, pero no puede. Estoy empezando a sentirme mal. Otra vez. Lleno mis pulmones de aire y la oigo susurrar:
—¿Qué vais a hacer conmigo?
Si soy completamente sincero, no estoy seguro de si ha sido producto de mi imaginación hasta que la oigo de nuevo.
—¿Qué vais a hacer conmigo? —repite entrecortadamente, aunque con un tono más firme.
Me mira. Sus ojos oscuros están rojos e hinchados, además de cristalinos por las lágrimas. Aun así, me parecen hermosos. Y por eso, por esa única y estúpida razón, me siento obligado a contestar.
—Yo… no lo sé.
Gira la cabeza y mira al frente, la pared beige que un día fue blanca.
Se lleva las manos a la cabeza. Es tan fácil ver que sufre…
—¿Cómo puedes no saberlo? —grita.— Esto es estúpido… como te llames. Saldré de aquí como sea, y después os denunciaré, a ti y a tu amigo.
—Jamás harías eso.
—¿Que no? ¡Sácame de aquí y te lo demuestro! —vuelve la cabeza hacia mí, llena de ira.
—No puedo hacer eso. —Tras una pausa, añado—: Ni Drake ni yo tenemos el menor interés en ti.
—¿Entonces? —dice mirándome de nuevo.
Son preguntas que no puedo contestarle. Sería demasiado.
—Mañana… mañana lo tendrás todo un poco más claro.
Cojo ropa limpia, ya que queda claro que no voy a poder cambiarme en mi habitación, y me salgo, pero antes de cerrar la puerta, susurro:
—Por cierto, soy Jason.
Después cierro la puerta y vuelvo a oír sollozos y gemidos.
Capítulo 4 «As long as she loves me»
◘ Heather O’Connor
Los veo hablar por teléfono, y después, cómo discuten. Doy una vuelta, y unos instantes después están frente a mí, aunque noto tensión en el ambiente, sobre todo por parte del chico de ojos castaños y pelo del mismo, que me mira con recelo. El otro, el de ojos azules y pelo negro parece más afable, pero no es una gran diferencia.
Parecen muy jóvenes, demasiado para poder permitirse un coche Bugatti. Es más, casi nadie puede permitirse uno. Me sorprende que todos los vendedores estuviesen ocupados, a decir verdad. Yo estaba ojeando las hojas de los ingresos y tal, pero cuando los he visto entrar, me ha parecido que tenían algo que… no sé, me ha atraído lo jóvenes que eran, me han llamado la atención. Vale, lo admito, también porque son atractivos, muy atractivos, pero… no son mi tipo. ¿Se puede saber en qué estoy pensando? ¡A vender, señorita O’Connor! Soy incapaz de no acordarme de Alfred en ese momento, y suelto una risilla.
—¿Todo bien? —pregunto con una sonrisa.
—Sí —gruñe el castaño.
¿Pero qué le pasa a estos ahora? En fin… Suspiro. Un cliente es un cliente (dos clientes, son dos clientes).
—¿Y qué… estaban buscando, exactamente?
—Aquel el bonito.
El de ojos azules señala uno de una esquina. La verdad es que tiene buen ojo, es el más caro del concesionario. Tres millones de dólares, ni más ni menos.
—¿Pueden permitírselo?
Me arrepiento al instante de haber hecho esa pregunta tan grosera. Como no vendamos el coche por mi culpa…
—Nuestros… ejem… padres tienen una empresa.
Asiento. Veo obvio que no me den más datos. No me interesa nada de dónde saquen el dinero, estoy para vender, el caso es que lo tengan. Al menos, eso me han enseñado. Realmente, no estoy de acuerdo. ¿Y si se ha ganado de manera ilegal? ¿Sirve ese dinero? A mí no.
—Disculpe el atrevimiento…
Vuelvo al concesionario. Es el de ojos castaños. Tiene una voz muy suave, pero a la vez se me antoja agresiva. Y sabia. Como si con tal solo diecinueve años (que es lo que aparenta) hubiera vivido mucho. ¿Cómo podría ser eso posible?
Lo miro. Qué ojazos.
—…pero estamos prácticamente seguros de que lo compraremos, aunque tendremos que hablarlo con nuestros padres y tal... —Asiento. Eso es lógico, muy a mi pesar—. Aun así, creo que no estaría de más probarlos. ¿El de ese modelo que le gusta a mi amigo tiene el cambio automático o manual?
—No estoy segura… pero veré si pueden probar alguno.
Considero esa posibilidad. No puede pasar nada malo. Parecen buena gente. Y, a pesar de ser jóvenes, parecen muy experimentados.
—No creo que haya ningún inconveniente. —Ellos sonríen—. Pero comprenderán que estoy obligada a acompañarlos. Por…
—…seguridad —completa él.
Sonrío y busco en mi ordenador —en el de mi padre, más bien— qué coches hay para usar de prueba.
—Ese que le ha gustado está, en negro.
—Seguro que le gust… Digo, está bien. Solo es una prueba, al fin y al cabo —dice el de ojos azules. Ese último comentario me hace dar un paso atrás, sin embargo decido no darle importancia.
Voy a por él, vuelvo en un momento. Ellos me ignoran, y empiezan a hablar.
«Hoy en día hay niñatos en todas partes, hasta en un dichoso concesionario de coches caros», pienso.
—Conduciré yo —dice el de ojos castaños.— Siempre he conducido mejor —se burla.
Ignoro ese comentario. Si soy sincera, no los soporto, pero no puedo borrar la sonrisa de mi cara, eso me han dicho siempre. Estoy aquí para vender, no para hacer amigos, pero eso no cambia nada, es más, me obliga a ser más amable.
—Yo iré en el asiento del copiloto, si no les importa —levanto un poco la voz. Que sepan que aquí, la que manda, soy yo.
—En absoluto.
Abro la puerta y acaricio ese negro azabache. Me gusta. Algún día tendré un coche como este. Estoy segura. Más aún si heredo el concesionario. Tendré el mejor coche. Es un consuelo. Tendré que quedarme encerrada aquí, en Chicago. Me dan arcadas solo de imaginarme encarcelada en esta ciudad mientras el resto del mundo me susurra que lo visite.
París. Siempre quise ir a París, es mi sueño imposible.
Miro por la ventana. Admito que Chicago es bonito. Pero ya lo sé todo de esta ciudad. La he visitado, estudiado… Hay más mundo.
Y me está esperando.
♣ • ♣
Cuando estamos a unos 500 metros del concesionario, detrás de una furgoneta blanca y con una matrícula de Canadá —con el trabajo de mi padre, no tengo más remedio que fijarme en esa clase de cosas—, el chico de ojos castaños, frena. ¿Pero qué…? Tantea su chaqueta.
—Ocurre algo —pregunto.
Saca la mano con lentitud, y no puedo evitar soltar un grito ahogado. ¿Es eso una pistola? Me llevo las manos a la boca, sé que cualquier ruido que saque de entre mis labios tendrá graves consecuencias. Me aclaro la garganta, para no parecer asustada pero, ¿a quién engaño? Tengo el cañón de un revólver en la sien. Presa del pánico, soy incapaz de decir nada. Y, aunque pudiera, ¿qué decir?
—Drake —musita el que me apunta con la pistola, el de ojos castaños—, llévatela a la parte de atrás de la furgoneta. Yo me ocuparé del Bugatti.
Aparta la pistola, y suelto un suspiro de alivio. Clava sus ojos en los míos, con tal rapidez y tanta cólera que se me antoja agresivo. ¿Por qué no puedo dejar de mirar? Me fascina su mirada clara y limpia. Me equivocaba. Sus ojos no son castaños, son más claros. Miel. Son color miel. Y son preciosos. ¿Pero qué digo? Este… niñato estaba hace dos segundos con el cañón de su revólver apoyado en mi sien. Pero por alguna razón estoy segura de que no pensaba disparar.
—Sal —me ordena.
Miro esos ojos por última vez, antes de salir del coche, con el tal Drake, el de ojos azules, me digo que no sé cómo se llama el de ojos color miel. Y muy a mi pesar, siento curiosidad. Curiosidad por saber el nombre de uno de mis secuestradores. Estoy imbécil.
Me apeo del Bugatti, que nada más abandonar, arranca y se pierde. Me secuestran y roban un coche. ¿Algo más? Drake me coge la muñeca, pero para mi sorpresa, no lo hace con brusquedad. Abre las puertas de su furgoneta, y antes de cerrar, musita para sí:
—Lo siento.
Y lágrimas empiezan a surcar mis mejillas, a la vez que noto que la furgoneta empieza a moverse y nos desplazamos. Y de repente, me acuerdo.
«Los delincuentes más buscados de Chicago…»
Los veo hablar por teléfono, y después, cómo discuten. Doy una vuelta, y unos instantes después están frente a mí, aunque noto tensión en el ambiente, sobre todo por parte del chico de ojos castaños y pelo del mismo, que me mira con recelo. El otro, el de ojos azules y pelo negro parece más afable, pero no es una gran diferencia.
Parecen muy jóvenes, demasiado para poder permitirse un coche Bugatti. Es más, casi nadie puede permitirse uno. Me sorprende que todos los vendedores estuviesen ocupados, a decir verdad. Yo estaba ojeando las hojas de los ingresos y tal, pero cuando los he visto entrar, me ha parecido que tenían algo que… no sé, me ha atraído lo jóvenes que eran, me han llamado la atención. Vale, lo admito, también porque son atractivos, muy atractivos, pero… no son mi tipo. ¿Se puede saber en qué estoy pensando? ¡A vender, señorita O’Connor! Soy incapaz de no acordarme de Alfred en ese momento, y suelto una risilla.
—¿Todo bien? —pregunto con una sonrisa.
—Sí —gruñe el castaño.
¿Pero qué le pasa a estos ahora? En fin… Suspiro. Un cliente es un cliente (dos clientes, son dos clientes).
—¿Y qué… estaban buscando, exactamente?
—Aquel el bonito.
El de ojos azules señala uno de una esquina. La verdad es que tiene buen ojo, es el más caro del concesionario. Tres millones de dólares, ni más ni menos.
—¿Pueden permitírselo?
Me arrepiento al instante de haber hecho esa pregunta tan grosera. Como no vendamos el coche por mi culpa…
—Nuestros… ejem… padres tienen una empresa.
Asiento. Veo obvio que no me den más datos. No me interesa nada de dónde saquen el dinero, estoy para vender, el caso es que lo tengan. Al menos, eso me han enseñado. Realmente, no estoy de acuerdo. ¿Y si se ha ganado de manera ilegal? ¿Sirve ese dinero? A mí no.
—Disculpe el atrevimiento…
Vuelvo al concesionario. Es el de ojos castaños. Tiene una voz muy suave, pero a la vez se me antoja agresiva. Y sabia. Como si con tal solo diecinueve años (que es lo que aparenta) hubiera vivido mucho. ¿Cómo podría ser eso posible?
Lo miro. Qué ojazos.
—…pero estamos prácticamente seguros de que lo compraremos, aunque tendremos que hablarlo con nuestros padres y tal... —Asiento. Eso es lógico, muy a mi pesar—. Aun así, creo que no estaría de más probarlos. ¿El de ese modelo que le gusta a mi amigo tiene el cambio automático o manual?
—No estoy segura… pero veré si pueden probar alguno.
Considero esa posibilidad. No puede pasar nada malo. Parecen buena gente. Y, a pesar de ser jóvenes, parecen muy experimentados.
—No creo que haya ningún inconveniente. —Ellos sonríen—. Pero comprenderán que estoy obligada a acompañarlos. Por…
—…seguridad —completa él.
Sonrío y busco en mi ordenador —en el de mi padre, más bien— qué coches hay para usar de prueba.
—Ese que le ha gustado está, en negro.
—Seguro que le gust… Digo, está bien. Solo es una prueba, al fin y al cabo —dice el de ojos azules. Ese último comentario me hace dar un paso atrás, sin embargo decido no darle importancia.
Voy a por él, vuelvo en un momento. Ellos me ignoran, y empiezan a hablar.
«Hoy en día hay niñatos en todas partes, hasta en un dichoso concesionario de coches caros», pienso.
—Conduciré yo —dice el de ojos castaños.— Siempre he conducido mejor —se burla.
Ignoro ese comentario. Si soy sincera, no los soporto, pero no puedo borrar la sonrisa de mi cara, eso me han dicho siempre. Estoy aquí para vender, no para hacer amigos, pero eso no cambia nada, es más, me obliga a ser más amable.
—Yo iré en el asiento del copiloto, si no les importa —levanto un poco la voz. Que sepan que aquí, la que manda, soy yo.
—En absoluto.
Abro la puerta y acaricio ese negro azabache. Me gusta. Algún día tendré un coche como este. Estoy segura. Más aún si heredo el concesionario. Tendré el mejor coche. Es un consuelo. Tendré que quedarme encerrada aquí, en Chicago. Me dan arcadas solo de imaginarme encarcelada en esta ciudad mientras el resto del mundo me susurra que lo visite.
París. Siempre quise ir a París, es mi sueño imposible.
Miro por la ventana. Admito que Chicago es bonito. Pero ya lo sé todo de esta ciudad. La he visitado, estudiado… Hay más mundo.
Y me está esperando.
♣ • ♣
Cuando estamos a unos 500 metros del concesionario, detrás de una furgoneta blanca y con una matrícula de Canadá —con el trabajo de mi padre, no tengo más remedio que fijarme en esa clase de cosas—, el chico de ojos castaños, frena. ¿Pero qué…? Tantea su chaqueta.
—Ocurre algo —pregunto.
Saca la mano con lentitud, y no puedo evitar soltar un grito ahogado. ¿Es eso una pistola? Me llevo las manos a la boca, sé que cualquier ruido que saque de entre mis labios tendrá graves consecuencias. Me aclaro la garganta, para no parecer asustada pero, ¿a quién engaño? Tengo el cañón de un revólver en la sien. Presa del pánico, soy incapaz de decir nada. Y, aunque pudiera, ¿qué decir?
—Drake —musita el que me apunta con la pistola, el de ojos castaños—, llévatela a la parte de atrás de la furgoneta. Yo me ocuparé del Bugatti.
Aparta la pistola, y suelto un suspiro de alivio. Clava sus ojos en los míos, con tal rapidez y tanta cólera que se me antoja agresivo. ¿Por qué no puedo dejar de mirar? Me fascina su mirada clara y limpia. Me equivocaba. Sus ojos no son castaños, son más claros. Miel. Son color miel. Y son preciosos. ¿Pero qué digo? Este… niñato estaba hace dos segundos con el cañón de su revólver apoyado en mi sien. Pero por alguna razón estoy segura de que no pensaba disparar.
—Sal —me ordena.
Miro esos ojos por última vez, antes de salir del coche, con el tal Drake, el de ojos azules, me digo que no sé cómo se llama el de ojos color miel. Y muy a mi pesar, siento curiosidad. Curiosidad por saber el nombre de uno de mis secuestradores. Estoy imbécil.
Me apeo del Bugatti, que nada más abandonar, arranca y se pierde. Me secuestran y roban un coche. ¿Algo más? Drake me coge la muñeca, pero para mi sorpresa, no lo hace con brusquedad. Abre las puertas de su furgoneta, y antes de cerrar, musita para sí:
—Lo siento.
Y lágrimas empiezan a surcar mis mejillas, a la vez que noto que la furgoneta empieza a moverse y nos desplazamos. Y de repente, me acuerdo.
«Los delincuentes más buscados de Chicago…»
Capítulo 3 «As long as she loves me»
◘ Jason McCann
—Drake…
Lo sacudo un poco, pero él no se mueve.
—Drake… — repito, levantando un poco la voz.
Lo sacudo de nuevo, un poco más fuerte, pero sigue sin moverse.
—¡Hostias, Drake, mueve tu puto culo, que tenemos cosas que hacer hoy, joder!
Le doy un guantazo, y me lanza un puñetazo, que esquivo con preocupante facilidad. Este hizo algo ayer. Será gilipollas.
—¿Qué bebiste anoche, tío? —pregunto alejándome de él, percatándome por primera vez desde que entré a su habitación de un asqueroso olor a alcohol que incluso me pican los ojos.
—Todo lo que pillé… —dice levantándose y estirando los brazos.
—Eres la persona más estúpida que conozco. —Hago referencia a que hoy es un día muy importante. Puede llamarlo como quiera, pero lo que vamos a hacer, al fin y al cabo, es robar un coche. Un Bugatti, para ser exactos. Uno de los coches más caros del mundo. ¡Y no podía estar el imbécil este sin beber una noche!
—Gracias. Vete para que me pueda arreglar. En media hora estoy abajo para desayunar y repasar un poco el plan.
—Como tardes un solo segundo más…
—Ya, Jason, ya lo sé, me mutilas.
Lo fulmino con la mirada y él hace una mueca.
—¿Sabes, Jason? Necesitas un buen polvo. Eso es lo que te hace ser tan gilipollas.
Abro los ojos, de sorpresa. Sé que Drake jamás me diría eso. Pero duele. Aunque sea por la resaca, por seguir borracho. Que tu mejor amigo te diga eso es como clavarte un puñal, pero en un sitio en el que no te mate, que simplemente sirva de advertencia. Salgo de su habitación. Simplemente es que quiero pasar. De Drake. De Josh. De Lewis. Pero, por encima de todo, quiero pasar de este sentimiento de culpabilidad que tengo por cometer crímenes, que me atacan a cada segundo que me digo a mí mismo que soy un asqueroso delincuente. Por millonésima vez, me ataco a preguntas, esas preguntas que intento evitar pero que siempre estarán ahí, pase lo que pase.
¿Y si no hubiera ido a comprar ese estúpido juguete?
¿Y si en vez de acompañarme mi madre lo hubiera hecho mi padre?
¿Y si, por muchos coches que robe, personas que mate, drogas que compre, sigue sin ser suficiente?
¿Y si jamás consigo vengar la muerte de mi madre?
¿Y si no estuviera Drake conmigo?
¿Y si…?
♣ • ♣
Nos montamos en la camioneta. Yo conduzco. Estaría bueno que tras haber estado bebiendo toda la noche (que ha gastado todo el alcohol de la casa) Drake se pusiera a conducir. Mi vida será una mierda, pero no dejaré que él termine con ella.
Y lo peor de todo es que sé por qué bebe. Es porque no soporta todo esto. No soporta hacerle la vida imposible a la gente. No soporta no ser más que un peón. No soporta que su hermano falleciese. Por el día es el chico más imprudente, estúpido, alegre y divertido del mundo, pero por la noche… explota. Y sé lo que se siente. Pero es que no entiendo por qué tiene ese afán de parecer agradable a los ojos de los demás. Él es… Drake. Los demás no lo conocen como yo. Todo esto es el precio que hay que pagar por querer vengar la muerte de un ser querido. Bueno, no es «la muerte» en sí. Sino el asesinato. Prácticamente somos como… unos asesinos a sueldo. Solo que no solo asesinamos, hacemos más cosas.
—Jason.
Parpadeo un par de veces.
—¿Qué? —respondo brusco.
—Lo… lo siento.
—Lo sé.
Se queda un momento callado, y mira al frente, pero estoy seguro de que no ve nada.
—Sé que el alcohol alivia el dolor, Drake. No es nada de lo que tengas que avergonzarte. A mucha gente le pasa. Mucha gente tiene ese… problema con la bebida.
Veo cómo se le cristalizan los ojos, aunque me concentro en la carretera. Parpadea y traga saliva, para tranquilizarse. Nunca antes había visto a Drake perder los papeles… Él no se cabrea nunca, hagas lo que hagas. Y todo lo que le pasa es por un error del pasado. El lugar equivocado en el momento equivocado, al igual que yo. Al igual que mi madre y yo. Mi madre. Su pelo castaño… sus ojos azules…
No. Este no es el momento.
♣ • ♣
Me coloco bien el cuello de la camisa y me hago el nudo de la corbata. Me giro hacia Drake, que está colocándose bien la chaqueta del traje. Digamos que todo esto no es muy cómodo, menos aún cuando estás acostumbrado a vaqueros bajos y camisetas anchas, como chicos de diecinueve años que somos. Pero no entran personas así vestidas a un concesionario Bugatti, entre otras cosas, porque no nos tomarían en serio, y eso el lo último que quiero.
Pasamos el umbral de la puerta de cristal, nos rodean coches preciosos que jamás podríamos permitirnos. Y recuerdo otra vez por qué hacemos esto. Damos asco. Veo a hombres de entre treinta y cinco y cincuenta años con trajes, y otros más jóvenes, también con trajes.
«Serán los vendedores», pienso.
Miro a mi alrededor, y distingo la mirada concentrada de Drake, la que pone en todas estas ocasiones. Busco a alguien a quien sea fácil engañar, pero no hay nadie que…
—Buenos días. —Oigo una voz femenina y aterciopelada tras de mí, me giro. Y flipo.— Soy Heather O’Connor, ¿puedo ayudarles en algo? Hoy seré yo quien les atienda.
Y sigo flipando. Esta chica… ¿cuántos años tendrá? Pero si parece más joven que yo. Tiene el pelo oscuro, muy oscuro, castaño, liso, suelto y enmarcándole la cara, blanca como la nieve. Los ojos grandes y castaños, pómulos marcados, labios finos y rosados —no parece llevar pintalabios; es más, no parece llevar maquillaje.
Voy a decir algo, ni siquiera sé qué exactamente, pero gracias al cielo, suenan unos pitidos en nuestros móviles. Es la primera vez que me alegro de oírlos.
—Discúlpenos —dice Drake, tras mirarme un momento, enigmático, y darse cuenta de que soy incapaz de hablar.— Es importante.
—Por supuesto, estaré aquí.
La miro, por un momento parece que me sonríe, solo a mí. Bah, voy a robar un coche del sitio en el que trabaja y ni siquiera lo sabe. Pobre niña ilusa. Nos alejamos de las personas que están en el concesionario, y vuelvo a mirar mi móvil.
—«Llamadme.» —lee Drake—. Es de Josh. ¿Lo llamas tú o lo hago yo?
—Yo me ocuparé —susurro.
—Está bien. Yo haré como si hablara también con alguien—ríe.
—Drake —intento captar su atención chasqueando los dedos—. Por favor, tómatelo en serio.
Él hace como que habla con su iPhone y yo llamo a uno de nuestros jefes: Josh Anderson.
—Jason, tenéis que hacer una cosa más —suelta sin más.
—¿Qué? —¿Este hombre es estúpido? Sabe que lo planeamos todo al milímetro, al segundo, ¿y lo fastidia ahora?
—¿Estáis ya en el concesionario?
Miro a Drake, que asiente a la vez que me mira. Parece convincente, hasta yo diría que está manteniendo una conversación, y de un tema muy trascendente, además.
—Sí —asiento, aunque sé que no puede verme.
—Bien. Pues entonces será fácil. Sabes que queremos un Bugatti, pero no es lo único.
—Josh, sabes de sobra cómo trabajamos. Volveremos en dos días y…
—Entonces lo que quiero no será posible. Y sabes que siempre consigo lo que quiero, por difícil que sea.
«Más bien lo consigo yo.»
—Está bien. ¿Qué quieres?
Drake me mira. Traga. Está asustado. Al igual que yo.
—La hija del jefe, o director, como quieras llamarlo, está allí sustituyéndolo por la razón que sea. Nos hemos enterado hace un rato. Podremos usarla para muchas cosas.
—Quiero ejemplos —exijo.
Josh no contesta de inmediato, estoy convencido que eso no se lo esperaba.
—Siempre me has caído bien, Jason McCann —noto que ríe al otro lado de la línea—. Eso lo sabrás en cuanto vea a la chica delante de mí. Y, ya sabes, también el coche.
—Vale. ¿Y cómo se llama…mmm… lo que quieres?
Oigo cómo carcajea al otro lado del teléfono. Cómo lo odio. Cómo se burla de mí este hijo de puta.
—No sé por qué, pero tengo la impresión de que te gustará.
—Solo contesta, tengo que poner a Drake al corriente.
—Heather O’Connor —se apresura en decir.
—Drake…
Lo sacudo un poco, pero él no se mueve.
—Drake… — repito, levantando un poco la voz.
Lo sacudo de nuevo, un poco más fuerte, pero sigue sin moverse.
—¡Hostias, Drake, mueve tu puto culo, que tenemos cosas que hacer hoy, joder!
Le doy un guantazo, y me lanza un puñetazo, que esquivo con preocupante facilidad. Este hizo algo ayer. Será gilipollas.
—¿Qué bebiste anoche, tío? —pregunto alejándome de él, percatándome por primera vez desde que entré a su habitación de un asqueroso olor a alcohol que incluso me pican los ojos.
—Todo lo que pillé… —dice levantándose y estirando los brazos.
—Eres la persona más estúpida que conozco. —Hago referencia a que hoy es un día muy importante. Puede llamarlo como quiera, pero lo que vamos a hacer, al fin y al cabo, es robar un coche. Un Bugatti, para ser exactos. Uno de los coches más caros del mundo. ¡Y no podía estar el imbécil este sin beber una noche!
—Gracias. Vete para que me pueda arreglar. En media hora estoy abajo para desayunar y repasar un poco el plan.
—Como tardes un solo segundo más…
—Ya, Jason, ya lo sé, me mutilas.
Lo fulmino con la mirada y él hace una mueca.
—¿Sabes, Jason? Necesitas un buen polvo. Eso es lo que te hace ser tan gilipollas.
Abro los ojos, de sorpresa. Sé que Drake jamás me diría eso. Pero duele. Aunque sea por la resaca, por seguir borracho. Que tu mejor amigo te diga eso es como clavarte un puñal, pero en un sitio en el que no te mate, que simplemente sirva de advertencia. Salgo de su habitación. Simplemente es que quiero pasar. De Drake. De Josh. De Lewis. Pero, por encima de todo, quiero pasar de este sentimiento de culpabilidad que tengo por cometer crímenes, que me atacan a cada segundo que me digo a mí mismo que soy un asqueroso delincuente. Por millonésima vez, me ataco a preguntas, esas preguntas que intento evitar pero que siempre estarán ahí, pase lo que pase.
¿Y si no hubiera ido a comprar ese estúpido juguete?
¿Y si en vez de acompañarme mi madre lo hubiera hecho mi padre?
¿Y si, por muchos coches que robe, personas que mate, drogas que compre, sigue sin ser suficiente?
¿Y si jamás consigo vengar la muerte de mi madre?
¿Y si no estuviera Drake conmigo?
¿Y si…?
♣ • ♣
Nos montamos en la camioneta. Yo conduzco. Estaría bueno que tras haber estado bebiendo toda la noche (que ha gastado todo el alcohol de la casa) Drake se pusiera a conducir. Mi vida será una mierda, pero no dejaré que él termine con ella.
Y lo peor de todo es que sé por qué bebe. Es porque no soporta todo esto. No soporta hacerle la vida imposible a la gente. No soporta no ser más que un peón. No soporta que su hermano falleciese. Por el día es el chico más imprudente, estúpido, alegre y divertido del mundo, pero por la noche… explota. Y sé lo que se siente. Pero es que no entiendo por qué tiene ese afán de parecer agradable a los ojos de los demás. Él es… Drake. Los demás no lo conocen como yo. Todo esto es el precio que hay que pagar por querer vengar la muerte de un ser querido. Bueno, no es «la muerte» en sí. Sino el asesinato. Prácticamente somos como… unos asesinos a sueldo. Solo que no solo asesinamos, hacemos más cosas.
—Jason.
Parpadeo un par de veces.
—¿Qué? —respondo brusco.
—Lo… lo siento.
—Lo sé.
Se queda un momento callado, y mira al frente, pero estoy seguro de que no ve nada.
—Sé que el alcohol alivia el dolor, Drake. No es nada de lo que tengas que avergonzarte. A mucha gente le pasa. Mucha gente tiene ese… problema con la bebida.
Veo cómo se le cristalizan los ojos, aunque me concentro en la carretera. Parpadea y traga saliva, para tranquilizarse. Nunca antes había visto a Drake perder los papeles… Él no se cabrea nunca, hagas lo que hagas. Y todo lo que le pasa es por un error del pasado. El lugar equivocado en el momento equivocado, al igual que yo. Al igual que mi madre y yo. Mi madre. Su pelo castaño… sus ojos azules…
No. Este no es el momento.
♣ • ♣
Me coloco bien el cuello de la camisa y me hago el nudo de la corbata. Me giro hacia Drake, que está colocándose bien la chaqueta del traje. Digamos que todo esto no es muy cómodo, menos aún cuando estás acostumbrado a vaqueros bajos y camisetas anchas, como chicos de diecinueve años que somos. Pero no entran personas así vestidas a un concesionario Bugatti, entre otras cosas, porque no nos tomarían en serio, y eso el lo último que quiero.
Pasamos el umbral de la puerta de cristal, nos rodean coches preciosos que jamás podríamos permitirnos. Y recuerdo otra vez por qué hacemos esto. Damos asco. Veo a hombres de entre treinta y cinco y cincuenta años con trajes, y otros más jóvenes, también con trajes.
«Serán los vendedores», pienso.
Miro a mi alrededor, y distingo la mirada concentrada de Drake, la que pone en todas estas ocasiones. Busco a alguien a quien sea fácil engañar, pero no hay nadie que…
—Buenos días. —Oigo una voz femenina y aterciopelada tras de mí, me giro. Y flipo.— Soy Heather O’Connor, ¿puedo ayudarles en algo? Hoy seré yo quien les atienda.
Y sigo flipando. Esta chica… ¿cuántos años tendrá? Pero si parece más joven que yo. Tiene el pelo oscuro, muy oscuro, castaño, liso, suelto y enmarcándole la cara, blanca como la nieve. Los ojos grandes y castaños, pómulos marcados, labios finos y rosados —no parece llevar pintalabios; es más, no parece llevar maquillaje.
Voy a decir algo, ni siquiera sé qué exactamente, pero gracias al cielo, suenan unos pitidos en nuestros móviles. Es la primera vez que me alegro de oírlos.
—Discúlpenos —dice Drake, tras mirarme un momento, enigmático, y darse cuenta de que soy incapaz de hablar.— Es importante.
—Por supuesto, estaré aquí.
La miro, por un momento parece que me sonríe, solo a mí. Bah, voy a robar un coche del sitio en el que trabaja y ni siquiera lo sabe. Pobre niña ilusa. Nos alejamos de las personas que están en el concesionario, y vuelvo a mirar mi móvil.
—«Llamadme.» —lee Drake—. Es de Josh. ¿Lo llamas tú o lo hago yo?
—Yo me ocuparé —susurro.
—Está bien. Yo haré como si hablara también con alguien—ríe.
—Drake —intento captar su atención chasqueando los dedos—. Por favor, tómatelo en serio.
Él hace como que habla con su iPhone y yo llamo a uno de nuestros jefes: Josh Anderson.
—Jason, tenéis que hacer una cosa más —suelta sin más.
—¿Qué? —¿Este hombre es estúpido? Sabe que lo planeamos todo al milímetro, al segundo, ¿y lo fastidia ahora?
—¿Estáis ya en el concesionario?
Miro a Drake, que asiente a la vez que me mira. Parece convincente, hasta yo diría que está manteniendo una conversación, y de un tema muy trascendente, además.
—Sí —asiento, aunque sé que no puede verme.
—Bien. Pues entonces será fácil. Sabes que queremos un Bugatti, pero no es lo único.
—Josh, sabes de sobra cómo trabajamos. Volveremos en dos días y…
—Entonces lo que quiero no será posible. Y sabes que siempre consigo lo que quiero, por difícil que sea.
«Más bien lo consigo yo.»
—Está bien. ¿Qué quieres?
Drake me mira. Traga. Está asustado. Al igual que yo.
—La hija del jefe, o director, como quieras llamarlo, está allí sustituyéndolo por la razón que sea. Nos hemos enterado hace un rato. Podremos usarla para muchas cosas.
—Quiero ejemplos —exijo.
Josh no contesta de inmediato, estoy convencido que eso no se lo esperaba.
—Siempre me has caído bien, Jason McCann —noto que ríe al otro lado de la línea—. Eso lo sabrás en cuanto vea a la chica delante de mí. Y, ya sabes, también el coche.
—Vale. ¿Y cómo se llama…mmm… lo que quieres?
Oigo cómo carcajea al otro lado del teléfono. Cómo lo odio. Cómo se burla de mí este hijo de puta.
—No sé por qué, pero tengo la impresión de que te gustará.
—Solo contesta, tengo que poner a Drake al corriente.
—Heather O’Connor —se apresura en decir.
Capítulo 2 «As long as she loves me»
◘ Heather O’Connor
Me alegro de no tener clase esta semana, la universidad me está matando, utilizando todas sus armas contra mí. Es más difícil de lo que esperaba. ¡No pueden someter a esto a los jóvenes de tan solo dieciocho años! Supongo que estos siete días mis compañeros irán de fiesta… Lo único que tengo en mente es dormir y descansar, cosas para las cuales no tengo casi tiempo.
Me levanto a mediodía, con un dolor a cabeza que hace que me tiemblen hasta las piernas. Y estoy muy cansada. También me vendría bien estudiar algún día de estos… Pero, desde luego, ese día no va a ser hoy.
—Su padre volverá en breve —me dice Alfred—. Me ha pedido que se quede aquí y estudie, al menos hasta su llegada.
—Voy a comer algo. En cuanto termine, me pongo a estudiar.
Hace una mueca, que me obligo a ver como una sonrisa, ya que Alfred nunca sonríe. A decir verdad, es la persona más seria que conozco. La segunda es mi padre. Gracias al cielo, no me parezco a él. Creo que soy más como mi madre, bueno, supongo. Desgraciadamente, nunca la conocí. Pero prefiero no pensar en eso ahora. Entre otras cosas, porque este asqueroso dolor de cabeza me pone complicado pensar en cualquier cosa.
Me tomo una pastilla y mientras espero a que me haga efecto, me pongo a ver la televisión.
—«Los delincuentes más buscados de Chicago parece que están descansando. Llevan dos semanas sin causar estragos…» —dice el presentador de las noticias.
—Si la policía no fuera un grupo de incompetentes, tal vez habrían dejado de causar estragos hace mucho tiempo. ¡Ni siquiera saben qué cara tienen! —grito levantándome del sillón y apagando el televisor. Esos «delincuentes más buscados de Chicago» me sacan de mis casillas. Bueno, a mí y a todo el mundo, pero hasta que la gente no haga algo, todo seguirá igual. Incluso peor, ya que saben que aunque los investigue la mismísima CIA, nadie los encontraría nunca. Pero yo no puedo hacer nada, no soy más que una de esas «niñas ricas», como suelen llamarnos, que solo se preocupan de sí mismas, como suelen asegurar. Bah, da igual. Me gustaría ser detective, pero tengo que ocuparme de otras cosas. Y por «otras cosas» me refiero que tendré que ocuparme del negocio de mi padre. Y ése es el motivo de que estudie económicas en vez de criminología, como me gustaría a mí. Para la justicia, para eliminar la maldad en, como poco, Chicago. Pero no me molesta saber que todo eso no va a ser posible.
♣ • ♣
Menos mal que mi padre iba a «volver en breve». He estado dos horas estudiando y me ha dado tiempo también a ducharme. Dejo suelto mi pelo mojado para que me refresque la espalda y salgo de mi habitación, a ver si mi padre ha llegado ya.
—Heather, cielo —oigo una voz femenina detrás de mí.
«Oh, no.»
—Tracy… ¿cómo te va? —digo dándome la vuelta y obligándome a sacar una sonrisa a quien menos me apetece.
—Pues muy bien. Y diría que a ti también, estás preciosa, como siempre.
—Gracias. Me alegro de verte.
Tracy. Intenta ocupar el lugar de mi madre. ¿Pero cómo se atreve? En el fondo, muy en el fondo, creo que me cae bien, pero aun así no aguanto sus innecesarios cumplidos y sus sonrisas todos los días. Menos mal que no vive con nosotros. La apruebo porque mi padre parece muy feliz cuando está con ella, y antes de conocerla, estaba siempre decaído, así que supongo que prefiero ver cómo sonríe, aunque eso implique ver a Tracy constantemente. Si mi padre es feliz, yo también lo soy.
Es obvio que si Tracy está en mi casa es porque también está mi padre. Me encuentro a Alfred, que me dice, con su habitual cara larga.
—Ahora mismo iba a llamarla.
—Sí, claro… —susurro.
—La señorita Cassidy —no entiendo qué problema tiene este hombre, no llama a nadie por su nombre, ¿no se da cuenta de que parece burlarse de la gente?— ha venido a recogerla. Su padre tiene una reserva en un restaurante y las ha invitado a comer. Dice que tiene algo que comunicarle a usted, señorita O’Connor.
—Está bien… —musito entre dientes. Vuelvo al salón, donde Tracy (o «la señorita Cassidy») está ojeando una revista. Carraspeo y le digo—: Vuelvo en un segundo, voy a arreglarme.
—Tómate el tiempo que necesites, Heater —responde ella dedicándome una sonrisa. Y después vuelve a concentrarse en su revista.
Subo las escaleras de dos en dos, y entro en mi cuarto forrado de pósters, fotos y recuerdos de mis viajes. Conociendo a mi padre, el restaurante será carísimo. Justo hoy que no me apetecía ponerme como una «dama»… Bah, nadie me ha dicho qué tengo que ponerme. Cojo unos pantalones blancos y una blusa anaranjada. El pelo ya se me ha secado, y me ha quedado casi tan laceo, tieso y soso como de costumbre. Y como no tengo tiempo de rizármelo, lo recojo en un moño. Me miro en el espejo. Falta algo. Busco mi joyero de ébano y marfil, y saco el colgante que me dejó mi madre. Una amatista en forma de lágrima en una cadena de plata. Me lo pongo y vuelvo a mirarme. Ahora sí. No me quiero maquillar, por un día que no tengo ojeras, voy a aprovechar.
—Qué guapa estás. Y ese collar es una maravilla.
—Gracias. Era de mi madre.
Me mira en un segundo y un destello de tristeza (¿o es más bien compasión?) ilumina su mirada por un segundo. Odio esas miradas de pena que me dirigen todos porque mi madre falleciera en el parto. Como si no me sintiera lo suficiente culpable. Me faltan esos ojos tristes con los que me mira todo el mundo. Estoy harta, lo he superado. Bueno, supongo que lo habría hecho si dejaran de recordármelo constantemente.
♣ • ♣
—Aquella es su mesa —nos dice un camarero.
—Gracias —contesta Tracy, pero yo ya estoy andando hacia la mesa a ver a mi padre.
—Hola, cielo —dice levantándose y dándome un beso en la mejilla.
—Hola, papá.
—¿Has estudiado mucho esta mañana?
—Sí, tengo que aprovechar esta semana sin clase.
—Te vendrán bien estas vacaciones. Últimamente parecías muy cansada —interviene Tracy.
—Sí, bueno…
Nos sentamos. No tengo ganas de pensar en qué tiene que decirme mi padre, supongo que es un favor. No quiero andarme con rodeos, pero es que es la única razón por la cual he venido en vez de quedarme en casa. Ya sea estudiando o durmiendo, que aún no he recuperado todo lo que he perdido desde que empecé en la universidad.
—Heather, quiero decirte una cosa, pero no quiero que te cabrees.
Sé lo que es. Llevo esperando este momento desde hace tiempo y ensayando mi reacción para que sea simplemente alegría, dejando a un lado la decepción o las ganas de preguntarle por mamá.
—Vamos a casarnos —anuncia tomando la mano de Tracy con delicadeza y rozándola con sus labios.
—Me alegro muchísimo por vosotros, en serio —les dedico una sonrisa y los abrazo a ambos, ignorando ese dolor que siento de repente en el pecho—. ¿Qué anillo le has comprado? —Miro a mi padre. Tracy me enseña su mano izquierda y me sonríe tímidamente. «Se nota que lo ama de verdad», pienso.— ¿Hay algo que pueda hacer para ayudaros? —pregunto volviendo a posar mi mirada en mi padre.
—En realidad sí.
¿No lo estaba diciendo yo?
—Verás, mañana iremos a decírselo a tus abuelos, a tus tíos… Ya sabes.
«Sí, ya sé.»
Asiento.
—Y como ya lo has hecho varias veces y te ha salido de fábula, ¿puedes ir mañana al concesionario Bugatti a sustituir al jefe?
Sonríe.
Él es el jefe.
Me alegro de no tener clase esta semana, la universidad me está matando, utilizando todas sus armas contra mí. Es más difícil de lo que esperaba. ¡No pueden someter a esto a los jóvenes de tan solo dieciocho años! Supongo que estos siete días mis compañeros irán de fiesta… Lo único que tengo en mente es dormir y descansar, cosas para las cuales no tengo casi tiempo.
Me levanto a mediodía, con un dolor a cabeza que hace que me tiemblen hasta las piernas. Y estoy muy cansada. También me vendría bien estudiar algún día de estos… Pero, desde luego, ese día no va a ser hoy.
—Su padre volverá en breve —me dice Alfred—. Me ha pedido que se quede aquí y estudie, al menos hasta su llegada.
—Voy a comer algo. En cuanto termine, me pongo a estudiar.
Hace una mueca, que me obligo a ver como una sonrisa, ya que Alfred nunca sonríe. A decir verdad, es la persona más seria que conozco. La segunda es mi padre. Gracias al cielo, no me parezco a él. Creo que soy más como mi madre, bueno, supongo. Desgraciadamente, nunca la conocí. Pero prefiero no pensar en eso ahora. Entre otras cosas, porque este asqueroso dolor de cabeza me pone complicado pensar en cualquier cosa.
Me tomo una pastilla y mientras espero a que me haga efecto, me pongo a ver la televisión.
—«Los delincuentes más buscados de Chicago parece que están descansando. Llevan dos semanas sin causar estragos…» —dice el presentador de las noticias.
—Si la policía no fuera un grupo de incompetentes, tal vez habrían dejado de causar estragos hace mucho tiempo. ¡Ni siquiera saben qué cara tienen! —grito levantándome del sillón y apagando el televisor. Esos «delincuentes más buscados de Chicago» me sacan de mis casillas. Bueno, a mí y a todo el mundo, pero hasta que la gente no haga algo, todo seguirá igual. Incluso peor, ya que saben que aunque los investigue la mismísima CIA, nadie los encontraría nunca. Pero yo no puedo hacer nada, no soy más que una de esas «niñas ricas», como suelen llamarnos, que solo se preocupan de sí mismas, como suelen asegurar. Bah, da igual. Me gustaría ser detective, pero tengo que ocuparme de otras cosas. Y por «otras cosas» me refiero que tendré que ocuparme del negocio de mi padre. Y ése es el motivo de que estudie económicas en vez de criminología, como me gustaría a mí. Para la justicia, para eliminar la maldad en, como poco, Chicago. Pero no me molesta saber que todo eso no va a ser posible.
♣ • ♣
Menos mal que mi padre iba a «volver en breve». He estado dos horas estudiando y me ha dado tiempo también a ducharme. Dejo suelto mi pelo mojado para que me refresque la espalda y salgo de mi habitación, a ver si mi padre ha llegado ya.
—Heather, cielo —oigo una voz femenina detrás de mí.
«Oh, no.»
—Tracy… ¿cómo te va? —digo dándome la vuelta y obligándome a sacar una sonrisa a quien menos me apetece.
—Pues muy bien. Y diría que a ti también, estás preciosa, como siempre.
—Gracias. Me alegro de verte.
Tracy. Intenta ocupar el lugar de mi madre. ¿Pero cómo se atreve? En el fondo, muy en el fondo, creo que me cae bien, pero aun así no aguanto sus innecesarios cumplidos y sus sonrisas todos los días. Menos mal que no vive con nosotros. La apruebo porque mi padre parece muy feliz cuando está con ella, y antes de conocerla, estaba siempre decaído, así que supongo que prefiero ver cómo sonríe, aunque eso implique ver a Tracy constantemente. Si mi padre es feliz, yo también lo soy.
Es obvio que si Tracy está en mi casa es porque también está mi padre. Me encuentro a Alfred, que me dice, con su habitual cara larga.
—Ahora mismo iba a llamarla.
—Sí, claro… —susurro.
—La señorita Cassidy —no entiendo qué problema tiene este hombre, no llama a nadie por su nombre, ¿no se da cuenta de que parece burlarse de la gente?— ha venido a recogerla. Su padre tiene una reserva en un restaurante y las ha invitado a comer. Dice que tiene algo que comunicarle a usted, señorita O’Connor.
—Está bien… —musito entre dientes. Vuelvo al salón, donde Tracy (o «la señorita Cassidy») está ojeando una revista. Carraspeo y le digo—: Vuelvo en un segundo, voy a arreglarme.
—Tómate el tiempo que necesites, Heater —responde ella dedicándome una sonrisa. Y después vuelve a concentrarse en su revista.
Subo las escaleras de dos en dos, y entro en mi cuarto forrado de pósters, fotos y recuerdos de mis viajes. Conociendo a mi padre, el restaurante será carísimo. Justo hoy que no me apetecía ponerme como una «dama»… Bah, nadie me ha dicho qué tengo que ponerme. Cojo unos pantalones blancos y una blusa anaranjada. El pelo ya se me ha secado, y me ha quedado casi tan laceo, tieso y soso como de costumbre. Y como no tengo tiempo de rizármelo, lo recojo en un moño. Me miro en el espejo. Falta algo. Busco mi joyero de ébano y marfil, y saco el colgante que me dejó mi madre. Una amatista en forma de lágrima en una cadena de plata. Me lo pongo y vuelvo a mirarme. Ahora sí. No me quiero maquillar, por un día que no tengo ojeras, voy a aprovechar.
—Qué guapa estás. Y ese collar es una maravilla.
—Gracias. Era de mi madre.
Me mira en un segundo y un destello de tristeza (¿o es más bien compasión?) ilumina su mirada por un segundo. Odio esas miradas de pena que me dirigen todos porque mi madre falleciera en el parto. Como si no me sintiera lo suficiente culpable. Me faltan esos ojos tristes con los que me mira todo el mundo. Estoy harta, lo he superado. Bueno, supongo que lo habría hecho si dejaran de recordármelo constantemente.
♣ • ♣
—Aquella es su mesa —nos dice un camarero.
—Gracias —contesta Tracy, pero yo ya estoy andando hacia la mesa a ver a mi padre.
—Hola, cielo —dice levantándose y dándome un beso en la mejilla.
—Hola, papá.
—¿Has estudiado mucho esta mañana?
—Sí, tengo que aprovechar esta semana sin clase.
—Te vendrán bien estas vacaciones. Últimamente parecías muy cansada —interviene Tracy.
—Sí, bueno…
Nos sentamos. No tengo ganas de pensar en qué tiene que decirme mi padre, supongo que es un favor. No quiero andarme con rodeos, pero es que es la única razón por la cual he venido en vez de quedarme en casa. Ya sea estudiando o durmiendo, que aún no he recuperado todo lo que he perdido desde que empecé en la universidad.
—Heather, quiero decirte una cosa, pero no quiero que te cabrees.
Sé lo que es. Llevo esperando este momento desde hace tiempo y ensayando mi reacción para que sea simplemente alegría, dejando a un lado la decepción o las ganas de preguntarle por mamá.
—Vamos a casarnos —anuncia tomando la mano de Tracy con delicadeza y rozándola con sus labios.
—Me alegro muchísimo por vosotros, en serio —les dedico una sonrisa y los abrazo a ambos, ignorando ese dolor que siento de repente en el pecho—. ¿Qué anillo le has comprado? —Miro a mi padre. Tracy me enseña su mano izquierda y me sonríe tímidamente. «Se nota que lo ama de verdad», pienso.— ¿Hay algo que pueda hacer para ayudaros? —pregunto volviendo a posar mi mirada en mi padre.
—En realidad sí.
¿No lo estaba diciendo yo?
—Verás, mañana iremos a decírselo a tus abuelos, a tus tíos… Ya sabes.
«Sí, ya sé.»
Asiento.
—Y como ya lo has hecho varias veces y te ha salido de fábula, ¿puedes ir mañana al concesionario Bugatti a sustituir al jefe?
Sonríe.
Él es el jefe.
Capítulo 1 «As long as she loves me»
|| 11 años después ||
◘ Jason McCann
Me despierto sudando. Recordando lo horrible que fue ese día, y que por su culpa, estoy atrapado en este horrible agujero del que no saldré hasta que pueda hacer cosas por mí mismo. No voy a la universidad, como hubiera querido mi padre, una lástima que no lo sepa. Me fui de casa cuando cumplí quince y me ocupé de que no supiera ni adónde iba ni qué tenía pensado hacer con mi vida. Por suerte, encontré a Drake. Está en la misma situación que yo. Me alegro a la vez que preferiría estar solo. Preferiría que él no tuviera que enfrentarse a lo que nos enfrentamos, pero a la vez me alegro de no tener que hacerlo todo solo.
Mi nombre es Jason, Jason McCann. Asesinaron a mi madre ante mis propios ojos el día que yo cumplía ocho años, cuando íbamos a comprar mi regalo. Un estúpido regalo que le costó la vida. Me escapé de mi casa, huyendo así de las miradas compasivas de mi padre y de su agobiante y absorbente presencia que me producían arcadas y me asfixiaban. Ahora vivo con mi mejor amigo, Drake Redmond, en un apartamento a las afueras de Chicago. Trabajamos para unos hombres, Josh Anderson y Lewis Thompson, los cuales nos aseguraron que vengarían la muerte de mi madre y la del hermano mayor de Drake (que falleció en el robo de un banco) si cumplíamos nuestra parte. Nuestro trabajo consiste en que tenemos que estar siempre disponibles para hacer lo que ellos quieran. Cualquier cosa. Y tenemos que salir ilesos. En el caso en el que nos pille la policía, no podremos hablar, lo hemos jurado.
Me quedo acostado, no tengo ganas de hacer nada. Cierro los ojos e intento dormirme, pero cuando han pasado un par de minutos, Drake llama a la puerta.
—Pasa… —gruño con voz ronca.
Drake se mira al espejo, y sonríe. Él intenta tomárselo todo con humor, aunque por dentro está destrozado. Yo no me tomo esa molestia si, total, da igual que sea amable o no, todo lo que va a suceder en mi vida está escrito, y con permanente.
Después se gira y me mira. Él ya se ha duchado, tiene el pelo mojado y revuelto. Pero la pregunta continúa en el aire; ¿qué coño quiere?
—Lewis me ha mandado un mensaje —me enseña su iPhone.
—Voy a encender mi BlackBerry —respondo cortante.
Probablemente os preguntéis «¿Por qué tienen estos móviles tan caros cuando no están en su casa y no tienen un trabajo con sueldo?». A decir verdad, aunque hayamos jurado por nuestra vida hacer todo lo que Josh y Lewis quieran, les conviene tenernos contentos y no tener motivos por los que ir a la policía.
Efectivamente, también me han mandado un mensaje a mí.
—«Lo que tenéis que hacer es sencillo; ir a un concesionario de Bugatti. Tenemos un coche encargado, lástima que en la tienda no lo sepan…» —leo en voz baja. Sé que Drake lo ha leído en cuanto se lo han mandado.
—¿Qué hacemos, McCann? —pregunta, aunque sigue absorto en su reflejo. Será creído.
—Lo primero es que yo me vaya a la ducha. Cuando salga, más te vale haber dejado a un lado tu enorme ego.
—¡Eh! —me grita, viendo que me voy decidido al baño. Antes de cerrar la puerta, le da tiempo a decirme—: ¿Qué quieres que le haga si estoy bueno?
Es divertido tener como mejor amigo alguien completamente opuesto a ti, pero vivir con él es más bien difícil. De todas formas, tengo por seguro que él ha influido mucho en mí, me ha enseñado a ser fuerte, aunque lo somos de maneras muy diferentes y afrontamos lo que se nos viene encima de forma distinta. Pero toda esta experiencia nos ha hecho algo más que amigos, nos ha convertido en hermanos.
♣ • ♣
—¿Y yo soy el del ego subido? Has tardado una hora —me recrimina en cuanto salgo del baño, con una toalla atada a la cintura. Parece que me estudia de arriba abajo—. Cuando vaya a ligar, ni se te ocurra acompañarme, Jason McCann, solo te digo eso.
—Entendido. Ahora, si te vas te mi habitación… —me fulmina con la mirada y se va. Al cerrar la puerta, añado—: Gracias, es un placer que me visite, señor Redmond.
Me hace una mueca y desaparece por el pasillo.
Nunca lo hacemos los «encargos» de inmediato. Nos dejan dos días. Uno para que lo organicemos y pensemos todo y al día siguiente, actuar. Al tercer día, debemos haber hecho cualquier cosa que nos hayan pedido (u obligado, más bien) y darle una garantía de ello. En este caso, en dos días debemos llevarles un Bugatti. No esperaba menos, el coche más caro del mundo es de esa marca, pero aun así, por una vez, siento un temor por Drake y por mí que no había experimentado nunca antes. A ver, ¿cómo se puede ir con un coche de millones de dólares, robado, además? No es una de esas cosas que se camuflan con facilidad, y menos en las afueras de Chicago, donde la gente no es precisamente rica. Habrá que ser prudente. Confío mucho en Drake para estas cosas. Llevo viviendo con él desde que tengo dieciséis años, así que hace tres años que estamos haciendo esto. Al principio, ya sabes, era lo típico; la adrenalina te incita a seguir cometiendo crímenes, robos, tráfico de drogas o armas… Pero descubres que no es tan emocionante como la mayoría piensa. Es duro, a veces, y casi no puedo mirarme al espejo porque siento que, simplemente soy el peón de una guerra que no es la mía. Solo veo a un dichoso delincuente.
Cuando bajo las escaleras, me encuentro con Drake comiendo patatas fritas a la vez que mira la tele con total despreocupación.
—¿Tú qué entiendes por «desayuno», tío? —pregunto.
—Algo que me quite el hambre, dado que llevo horas sin comer.
«Horas que te has pasado durmiendo, estúpido.»
—Normal que no quieras que te acompañe buscar alguna a la que puedas follarte, si te pasas la vida comiendo patatas. Mientras tanto, yo estoy en el gimnasio levantando pesas. Tal vez deberías acompañarme.
—Ni loco. El poco dinero que nos dan no lo voy a gastar en ir a un gimnasio. Lo que nos hace falta, lo tenemos, pero no hay para caprichos, y lo sabes.
Rebusca en la bolsa, y saca trozos muy pequeños de patata. Ya la ha terminado.
—Haz lo que quieras, tío. Pero sabes lo que tenemos que hacer hoy. Y a ti se te dan mejor estas cosas. Un Bugatti es algo serio.
Me mira, y aunque el gesto es casi imperceptible, asiente. Después, se levanta y coge un mapa de Chicago que tenemos detrás del televisor.
Así es como planeamos nosotros las cosas.
Y lo hacemos al milímetro.
◘ Jason McCann
Me despierto sudando. Recordando lo horrible que fue ese día, y que por su culpa, estoy atrapado en este horrible agujero del que no saldré hasta que pueda hacer cosas por mí mismo. No voy a la universidad, como hubiera querido mi padre, una lástima que no lo sepa. Me fui de casa cuando cumplí quince y me ocupé de que no supiera ni adónde iba ni qué tenía pensado hacer con mi vida. Por suerte, encontré a Drake. Está en la misma situación que yo. Me alegro a la vez que preferiría estar solo. Preferiría que él no tuviera que enfrentarse a lo que nos enfrentamos, pero a la vez me alegro de no tener que hacerlo todo solo.
Mi nombre es Jason, Jason McCann. Asesinaron a mi madre ante mis propios ojos el día que yo cumplía ocho años, cuando íbamos a comprar mi regalo. Un estúpido regalo que le costó la vida. Me escapé de mi casa, huyendo así de las miradas compasivas de mi padre y de su agobiante y absorbente presencia que me producían arcadas y me asfixiaban. Ahora vivo con mi mejor amigo, Drake Redmond, en un apartamento a las afueras de Chicago. Trabajamos para unos hombres, Josh Anderson y Lewis Thompson, los cuales nos aseguraron que vengarían la muerte de mi madre y la del hermano mayor de Drake (que falleció en el robo de un banco) si cumplíamos nuestra parte. Nuestro trabajo consiste en que tenemos que estar siempre disponibles para hacer lo que ellos quieran. Cualquier cosa. Y tenemos que salir ilesos. En el caso en el que nos pille la policía, no podremos hablar, lo hemos jurado.
Me quedo acostado, no tengo ganas de hacer nada. Cierro los ojos e intento dormirme, pero cuando han pasado un par de minutos, Drake llama a la puerta.
—Pasa… —gruño con voz ronca.
Drake se mira al espejo, y sonríe. Él intenta tomárselo todo con humor, aunque por dentro está destrozado. Yo no me tomo esa molestia si, total, da igual que sea amable o no, todo lo que va a suceder en mi vida está escrito, y con permanente.
Después se gira y me mira. Él ya se ha duchado, tiene el pelo mojado y revuelto. Pero la pregunta continúa en el aire; ¿qué coño quiere?
—Lewis me ha mandado un mensaje —me enseña su iPhone.
—Voy a encender mi BlackBerry —respondo cortante.
Probablemente os preguntéis «¿Por qué tienen estos móviles tan caros cuando no están en su casa y no tienen un trabajo con sueldo?». A decir verdad, aunque hayamos jurado por nuestra vida hacer todo lo que Josh y Lewis quieran, les conviene tenernos contentos y no tener motivos por los que ir a la policía.
Efectivamente, también me han mandado un mensaje a mí.
—«Lo que tenéis que hacer es sencillo; ir a un concesionario de Bugatti. Tenemos un coche encargado, lástima que en la tienda no lo sepan…» —leo en voz baja. Sé que Drake lo ha leído en cuanto se lo han mandado.
—¿Qué hacemos, McCann? —pregunta, aunque sigue absorto en su reflejo. Será creído.
—Lo primero es que yo me vaya a la ducha. Cuando salga, más te vale haber dejado a un lado tu enorme ego.
—¡Eh! —me grita, viendo que me voy decidido al baño. Antes de cerrar la puerta, le da tiempo a decirme—: ¿Qué quieres que le haga si estoy bueno?
Es divertido tener como mejor amigo alguien completamente opuesto a ti, pero vivir con él es más bien difícil. De todas formas, tengo por seguro que él ha influido mucho en mí, me ha enseñado a ser fuerte, aunque lo somos de maneras muy diferentes y afrontamos lo que se nos viene encima de forma distinta. Pero toda esta experiencia nos ha hecho algo más que amigos, nos ha convertido en hermanos.
♣ • ♣
—¿Y yo soy el del ego subido? Has tardado una hora —me recrimina en cuanto salgo del baño, con una toalla atada a la cintura. Parece que me estudia de arriba abajo—. Cuando vaya a ligar, ni se te ocurra acompañarme, Jason McCann, solo te digo eso.
—Entendido. Ahora, si te vas te mi habitación… —me fulmina con la mirada y se va. Al cerrar la puerta, añado—: Gracias, es un placer que me visite, señor Redmond.
Me hace una mueca y desaparece por el pasillo.
Nunca lo hacemos los «encargos» de inmediato. Nos dejan dos días. Uno para que lo organicemos y pensemos todo y al día siguiente, actuar. Al tercer día, debemos haber hecho cualquier cosa que nos hayan pedido (u obligado, más bien) y darle una garantía de ello. En este caso, en dos días debemos llevarles un Bugatti. No esperaba menos, el coche más caro del mundo es de esa marca, pero aun así, por una vez, siento un temor por Drake y por mí que no había experimentado nunca antes. A ver, ¿cómo se puede ir con un coche de millones de dólares, robado, además? No es una de esas cosas que se camuflan con facilidad, y menos en las afueras de Chicago, donde la gente no es precisamente rica. Habrá que ser prudente. Confío mucho en Drake para estas cosas. Llevo viviendo con él desde que tengo dieciséis años, así que hace tres años que estamos haciendo esto. Al principio, ya sabes, era lo típico; la adrenalina te incita a seguir cometiendo crímenes, robos, tráfico de drogas o armas… Pero descubres que no es tan emocionante como la mayoría piensa. Es duro, a veces, y casi no puedo mirarme al espejo porque siento que, simplemente soy el peón de una guerra que no es la mía. Solo veo a un dichoso delincuente.
Cuando bajo las escaleras, me encuentro con Drake comiendo patatas fritas a la vez que mira la tele con total despreocupación.
—¿Tú qué entiendes por «desayuno», tío? —pregunto.
—Algo que me quite el hambre, dado que llevo horas sin comer.
«Horas que te has pasado durmiendo, estúpido.»
—Normal que no quieras que te acompañe buscar alguna a la que puedas follarte, si te pasas la vida comiendo patatas. Mientras tanto, yo estoy en el gimnasio levantando pesas. Tal vez deberías acompañarme.
—Ni loco. El poco dinero que nos dan no lo voy a gastar en ir a un gimnasio. Lo que nos hace falta, lo tenemos, pero no hay para caprichos, y lo sabes.
Rebusca en la bolsa, y saca trozos muy pequeños de patata. Ya la ha terminado.
—Haz lo que quieras, tío. Pero sabes lo que tenemos que hacer hoy. Y a ti se te dan mejor estas cosas. Un Bugatti es algo serio.
Me mira, y aunque el gesto es casi imperceptible, asiente. Después, se levanta y coge un mapa de Chicago que tenemos detrás del televisor.
Así es como planeamos nosotros las cosas.
Y lo hacemos al milímetro.
Prólogo «As long as she loves me»
Era el cumpleaños de Jason, un día cualquiera para todos, pero un
gran día para él y su familia. Su padre y su madre lo celebraban como si
al día siguiente fuera a acabarse el mundo. Salió con su madre a
comprar el camión de juguete que tanto le había impactado en los
anuncios de televisión. Era de color rojo, y con las ruedas grandes como
su puño. En otras palabras; perfecto para un niño que cumplía ocho
años. Jason ya podía imaginarse a su madre jugando con él, sonriendo,
enseñando su hilera de blancos y perfectos dientes. Nunca, jamás, se
había cansado jugando con él, era un verdadero amor entre madre e hijo.
Iban a la juguetería en metro. En realidad, casi siempre se desplazaban en metro. Tenían coche, pero no tenían ganas de sacarlo, además, era imposible aparcar en el corazón de Chicago. Cuando volvieron, el chico ya admiraba su preciado camión de plástico pintado.
—Entonces, ¿estás contento con tu regalo, Jason?
—Me encanta. Cuando lleguemos a casa, jugaremos tú, papá y yo. Tú cogerás el camión amarillo y papá el azul. Y yo este; el rojo.
—Claro que sí, cielo. —Sonrió su madre.
Al llegar a la estación de metro y bajar las escaleras, entraron el tren subterráneo, iba a cerrarse la puerta, pero un chico metió la mano, impidiendo que la puerta se cerrara y finalmente entró. Bueno, de «chico» tenía poco, aparentaba unos veinte años, aproximadamente. Deslizó la mano por su pantalón vaquero, lleno de agujeros. Parecía de estos chicos de los barrios bajos de Chicago. Jason no sabía nada de ellos, dado que todavía era un niño, y de los ricos, además.
Todos los pasajeros iban pendientes de sus teléfonos móviles, leyendo libros, con sus auriculares escuchando música o algunos, simplemente, estaban en otro mundo.
El hombre introdujo más la mano en el pantalón, y al llegar la parada de Jason y su madre, bajaron del metro. Aquel hombre salió detrás de ellos, aún con el puño hundido en el pantalón. El metro siguió su ruta, y Jason cogió a su madre de la mano. El niño de ocho años volvió su mirada a aquel hombre. Vio que sacaba la mano del pantalón, pero sacaba algo con ella.
Un arma.
Una pistola.
Jason se asustó. Cuando sus padres lo mandaban a la cama, él se quedaba en las escaleras viendo esas series y películas policíacas. No conocía la pistola como un vendedor de armas, pero sí sabía que, una vez que se había apretado el gatillo... Y vio justo a aquel individuo hacer aquello. La apuntó, pero no hacia él, sino hacia la figura femenina que acompañaba a Jason.
El sonido del arma se oyó por todo aquel largo túnel, pero había tanta gente… que en menos de un suspiro, el que había disparado, se había perdido entre la multitud.
Jason se llevó la mano a la boca, pero no lloró. No en ese momento, no le dio tiempo. Tampoco gritó. Era como si, de repente, se le hubiera olvidado cómo hablar.
Le habían robado la vida a su madre, con un chico de ocho años como único testigo. Estaba paralizado, le flaqueaban las piernas, y le envolvió el frío. Aún estaba cogido a la mano de su madre, con fuerza. El corazón le latía con fuerza, como si se le fuera a salir del pecho. Mientras, el de su madre, no volvería a latir.
Notaba que la mano de su madre se enfriaba cada vez más, pero se negaba a separarse. Un «no» constante revoloteaba en su cabeza.
Agachó la cabeza y se sentó junto al cuerpo de su madre.
—¿Cómo era, chico?
Jason no contestó.
—¿Cómo era, chico? —repitió el policía, impaciente.
Pero Jason seguía sin contestar.
Alex, su padre, corrió en su encuentro. Jason no mostraba expresiones faciales. Alex envolvió a su hijo entre sus brazos, intentando ocultar la terrible agonía que sentía, sin poder imaginarse una vida sin su mujer a su lado.
—Jason… ya ha terminado todo.
Y él seguía sin pronunciar palabra alguna.
—Señor, ¿qué le ha pasado a su hijo? ¿No será usted médico por casualidad o algo? —preguntó el policía.
Pero Jason ni se inmutaba.
—Da la casualidad de que sí. Creo que mi hijo está en estado de shock.
—¿Cómo?
—Creo que… mi niño ha sufrido psicológicamente viendo el… el…
—No hace falta que lo diga, señor.
—Gracias. Me costará asimilar tal acontecimiento.
—Bueno, pues si necesita algo, puede contar con todo el equipo de policías de Chicago.
—Gracias… ahora le agradecería que abandonara el caso.
—¿Cómo puede pedirme eso?
—Por favor, no quiero saber quién lo hizo. Ahora, he de ocuparme de mi hijo.
Efectivamente, Jason estaba en estado de shock, y había perdido el habla. Era consciente de todo lo que le rodeaba y de todo lo que pasaba. Y también de todo lo que había pasado.
Maldijo el día de su cumpleaños, el día de su nacimiento, el camión de juguete y… se maldijo a él.
Iban a la juguetería en metro. En realidad, casi siempre se desplazaban en metro. Tenían coche, pero no tenían ganas de sacarlo, además, era imposible aparcar en el corazón de Chicago. Cuando volvieron, el chico ya admiraba su preciado camión de plástico pintado.
—Entonces, ¿estás contento con tu regalo, Jason?
—Me encanta. Cuando lleguemos a casa, jugaremos tú, papá y yo. Tú cogerás el camión amarillo y papá el azul. Y yo este; el rojo.
—Claro que sí, cielo. —Sonrió su madre.
Al llegar a la estación de metro y bajar las escaleras, entraron el tren subterráneo, iba a cerrarse la puerta, pero un chico metió la mano, impidiendo que la puerta se cerrara y finalmente entró. Bueno, de «chico» tenía poco, aparentaba unos veinte años, aproximadamente. Deslizó la mano por su pantalón vaquero, lleno de agujeros. Parecía de estos chicos de los barrios bajos de Chicago. Jason no sabía nada de ellos, dado que todavía era un niño, y de los ricos, además.
Todos los pasajeros iban pendientes de sus teléfonos móviles, leyendo libros, con sus auriculares escuchando música o algunos, simplemente, estaban en otro mundo.
El hombre introdujo más la mano en el pantalón, y al llegar la parada de Jason y su madre, bajaron del metro. Aquel hombre salió detrás de ellos, aún con el puño hundido en el pantalón. El metro siguió su ruta, y Jason cogió a su madre de la mano. El niño de ocho años volvió su mirada a aquel hombre. Vio que sacaba la mano del pantalón, pero sacaba algo con ella.
Un arma.
Una pistola.
Jason se asustó. Cuando sus padres lo mandaban a la cama, él se quedaba en las escaleras viendo esas series y películas policíacas. No conocía la pistola como un vendedor de armas, pero sí sabía que, una vez que se había apretado el gatillo... Y vio justo a aquel individuo hacer aquello. La apuntó, pero no hacia él, sino hacia la figura femenina que acompañaba a Jason.
El sonido del arma se oyó por todo aquel largo túnel, pero había tanta gente… que en menos de un suspiro, el que había disparado, se había perdido entre la multitud.
Jason se llevó la mano a la boca, pero no lloró. No en ese momento, no le dio tiempo. Tampoco gritó. Era como si, de repente, se le hubiera olvidado cómo hablar.
Le habían robado la vida a su madre, con un chico de ocho años como único testigo. Estaba paralizado, le flaqueaban las piernas, y le envolvió el frío. Aún estaba cogido a la mano de su madre, con fuerza. El corazón le latía con fuerza, como si se le fuera a salir del pecho. Mientras, el de su madre, no volvería a latir.
Notaba que la mano de su madre se enfriaba cada vez más, pero se negaba a separarse. Un «no» constante revoloteaba en su cabeza.
Agachó la cabeza y se sentó junto al cuerpo de su madre.
—¿Cómo era, chico?
Jason no contestó.
—¿Cómo era, chico? —repitió el policía, impaciente.
Pero Jason seguía sin contestar.
Alex, su padre, corrió en su encuentro. Jason no mostraba expresiones faciales. Alex envolvió a su hijo entre sus brazos, intentando ocultar la terrible agonía que sentía, sin poder imaginarse una vida sin su mujer a su lado.
—Jason… ya ha terminado todo.
Y él seguía sin pronunciar palabra alguna.
—Señor, ¿qué le ha pasado a su hijo? ¿No será usted médico por casualidad o algo? —preguntó el policía.
Pero Jason ni se inmutaba.
—Da la casualidad de que sí. Creo que mi hijo está en estado de shock.
—¿Cómo?
—Creo que… mi niño ha sufrido psicológicamente viendo el… el…
—No hace falta que lo diga, señor.
—Gracias. Me costará asimilar tal acontecimiento.
—Bueno, pues si necesita algo, puede contar con todo el equipo de policías de Chicago.
—Gracias… ahora le agradecería que abandonara el caso.
—¿Cómo puede pedirme eso?
—Por favor, no quiero saber quién lo hizo. Ahora, he de ocuparme de mi hijo.
Efectivamente, Jason estaba en estado de shock, y había perdido el habla. Era consciente de todo lo que le rodeaba y de todo lo que pasaba. Y también de todo lo que había pasado.
Maldijo el día de su cumpleaños, el día de su nacimiento, el camión de juguete y… se maldijo a él.
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